
Arabia Saudí y sus malabarismos entre China y Estados Unidos
Editor
En un momento en el que el orden mundial se está reorganizando, el príncipe heredero saudí también quiere más poder en la escena internacional para su añeja monarquía. Muhamed bin Salman recibirá al hombre fuerte de China, Xi Jinping, como invitado de Estado esta semana y organizará una cumbre sino-árabe en Riad el 9 de diciembre de 2022, a la que se espera que asistan al menos 14 jefes de Estado.
La visita de China pretende señalar a Washington que el Reino de Arabia Saudí está buscando nuevas alianzas. La cita entre potentados y dictadores en las inmediaciones de los lugares santos del Islam demuestra una vez más hasta qué punto se está consolidando una alianza entre los Estados totalitarios.
"Persona non grata" y anfitrión
Bin Salman fue declarado persona non grata en Estados Unidos debido al asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí de Estambul en 2018.
Un informe de las agencias de seguridad estadounidenses hecho público por la misma Casa Blanca a principios de año señalaba a MBS, como también se conoce al príncipe heredero, como responsable del asesinato. Sin embargo, el nombre de Muhamed bin Salman no aparece en la lista estadounidense de sancionados por el asesinato de Kashoggi.
La administración Biden también anunció en un principio que no seguiría apoyando con la venta de armas la guerra que libra la familia real en la guerra de Yemen. Esta promesa ha quedado en el olvido, aunque Estados Unidos insiste en que solo venderá armas defensivas a la monarquía petrolera.
Putin propicia el acercamiento
La verdad es que Estados Unidos necesita a Arabia Saudí, entre otras cosas por la guerra energética que el dictador del Kremlin, Vladimir Putin, libra contra el mundo. Cualquier socio que pueda ayudar a Occidente a pasar el frío invierno suministrando petróleo y gas es bienvenido.
Sin embargo, el mayor cliente de crudo de Arabia Saudí es la República Popular China. Y, por el simple hecho de cortejar a otro comprador, para Estados Unidos debería quedar claro que los árabes tienen otras opciones de buscar socios.
MBS tiene confianza en sí mismo. En una entrevista concedida a la revista estadounidense The Atlantic, el gobernante afirma que en el futuro podrían reducirse las inversiones en Estados Unidos o, como le gustaría a Pekín, parte del comercio de petróleo podría realizarse en moneda china. La República Popular quiere sustituir el dólar como moneda de reserva mundial para poder ejercer presión política y, al mismo tiempo, no verse más afectada por las sanciones estadounidenses.
Enemigo común: Irán
A pesar del cortejo de Arabia Saudí a Pekín, Riad y Washington siguen teniendo un enemigo común: el régimen mulá de Teherán. Aquí es donde el concierto de potentados y dictadores se vuelve disonante: la República Popular apoya a Rusia, y Rusia apoya a Irán.
Putin visitó Teherán en verano. Xi Jinping también se reunió con el presidente iraní durante la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái celebrada en septiembre. Según medios, MBS organizará ahora una lujosa fiesta para el amigo de Irán, Xi Jinping. Desde luego, que no se mencionará al archienemigo.
Por el momento, probablemente solo las garantías de seguridad que Washington concede a la monarquía de la Edad de Piedra impiden que Riad rompa completamente con su socio, Estados Unidos. Pero la República Popular también se ofrece como "socio de seguridad" a dictadores de todo el mundo. Desde las Islas Salomón hasta Zimbabue, Pekín se posiciona e incluso exporta su propia tecnología de vigilancia, que primero ha probado con su propia población.
Cooperación entre dictadores
El ascenso de China, a la que los críticos de la República Popular llaman ahora "Corea Occidental" por su extrema vigilancia, en alusión al siniestro imperio de Kim Jong-un, no está conduciendo a un nuevo equilibrio en el mundo o una especie de distribución justa del poder.
Lo que ocurre es exactamente lo contrario. Bajo el liderazgo de China, los Estados totalitarios colaboran entre sí para oprimir aún más a sus poblaciones y mantener a distancia, con todo tipo de amenazas, al mundo democrático, con sus promesas de libertad y derechos humanos.
Por lo tanto, es absolutamente correcto impedir que China haga realidad sus ambiciones siempre que sea posible. Las sanciones estadounidenses contra la industria china de semiconductores resultan coherentes en este contexto. Al mismo tiempo, Estados Unidos debería desvincularse lo antes posible de Estados delincuentes como Arabia Saudí. En el nuevo orden mundial, ya no hay lugar para la ambigüedad estratégica.


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