

No hay premio mayor para un ser humano dedicado al humanismo, que saber a las puertas de la partida, que uno ha dejado algo. Es un buen modo de ser inmortal, de prolongar su vida en hijos y nietos que no solo tienen sus genes en el ADN sino en las enseñanzas que supo inculcarles.
Elvio no fue el inventor que descubrió algo que hizo cambiar el curso de la civilización, ni el audaz promotor de una revolución industrial, financiera, ni ninguna otra que impactara en la vida de miles de personas o de los habitantes de esta Concordia.
Entonces, ¿por qué nos acongoja su muerte? Es que en momentos como este, de traiciones y desencuentros, de confusiones y falta de certezas, se resalta como invalorable una calidad humana que lo destacaba con nitidez entre los hombres que ejercieron el Poder: su bonhomía.
Esa afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter fue su impronta y la mantuvo en todo momento siempre fue un “Humanista”, en tiempos en los que la postmodernidad, ha hecho añicos el concepto de Hombre, para sustituirlo por una y mil vaguedades.
Cualquiera que haya interactuado con Elvio recordará su mano firme, su sonrisa permanente aún en momentos difíciles en los que les tocó dirigir el timón de esta Concordia que no es que hoy despierta en el podio de la pobreza nacional, baldón que venimos arrastrando desde hace mucho y exige en quien gobierna un plus, algo especial que contenga y aliente esperanzas. Elvio, lo tenía en su bondad y esa es una cualidad muy importante para quien busca soluciones que, a veces, no se pueden alcanzar pero que las procuraba con afecto y bondad.



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