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HERMANOS DE INFORTUNIO

Editorial 21/12/2021 Por Editor
Para marzo del '77 conocí a Jorge Pedro Busti en una situación que, a la postre, terminaría para hermanarnos.

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Contaba que veía a un “flaquito” rubio al que llevaban a las patadas a la “celda del fondo” para torturarlo, tras lo cual depositaban mi maltrecho cuerpo en un “colectivo” donde estaban unos cinco o seis detenidos, la mayoría por no pagar multas de tránsito que, por aquellas épocas, se pagaban con cárcel.

El segundo día me tocó ser “recibido” por el jefe de Policía, a la sazón, el temible Comisario Campbel, lo que quería conocer era qué hacía yo con una pequeña impresora offset de mesa en mi casa. Tras explicarle que me ganaba la vida imprimiendo folletos de comercios, me dijo: “Mire, ¿ve esta pared? No es blanca ni negra. Es gris, y usted no me va a hacer creer que es blanca o que es negra. Sigan con el tratamiento”, Apenas terminó de hablar y ya venía rodando por la escalera.

Del “tratamiento” no quiero acordarme, pero sé que, desmayado, intervino un joven oficial para que pararan antes de “matarlo”. Era Mario Marin, quien después llegaría a ser Jefe de Policía de Entre Ríos.

Como había quedado demasiado maltrecho, me pasaron a una celda donde había una sola persona: Era Jorge Busti, quien había sido delatado por el Juez con quien trabajaba como Secretariante, el Jefe del Area 225, Naldo Miguel Dasso, como “montonero”.

Jorge intervino ante un carcelero para que me traigan algún apósito porque estaba perdiendo sangre en la cabeza. Después, cuando le traían una torta, la desarmaba para encontrar mensajes escritos en rollitos de papel metidos dentro de la masa con los que “Clavito” Suárez lo anoticiaba lo que estaba pasando fuera de la Departamental.

Recién ahí pude saber un poco más de la situación de Jorge porque daba la casualidad que “Clavito” era mi abogado.

Supe que “Pichón”, el Juez -un terrible delator- lo había denunciado ante Dasso y en menos de lo que canta un gallo ya estaba detenido, lo habían paseado por la cancha de Polo y alojado provisoriamente en la Departamental mientras averiguaban “en qué andaba”.

No nos habíamos visto nunca porque Jorge frecuentaba otros ámbitos y “Pichón” a esa fecha ya sabía y le había comunicado a Dasso que en mi casa se reunían los “comunistas”, lo que era cierto, pero no sabía que las reuniones que podrían importarle al Jefe del Area no eran precisamente la del PC.

Como mi actividad estaba en Buenos Aires, venir a Concordia significaba estar de “vacaciones” y descansar, fijar algunos objetivos y volver al trabajo.

Poco y nada de esto hablamos con Jorge, preocupados por nuestras vidas, eran tiempos difíciles, donde la vida no valía nada y realmente no sabíamos si de ahí salíamos vivos o con los pies para delante.

Un día, lo sacaron a Jorge y lo trasladaron a un destino que después supe era otro “aguantadero” de los genocidas, pero ya su situación estuvo cubierta y poco después lo pondrían en libertad.

Cerca de un año más adelante, nos encontramos libres los dos y nos felicitamos de estar vivos y recordamos los difíciles momentos pasados en la Policía  y esa comunidad espiritual lograda en momentos de hondo dramatismo habría de hermanarnos para toda la vida. Al fin y al cabo, el único que había estado preso con JPB era yo, que pese a lo que dijo Campbel del color de la pared, se creyó la farsa del humilde imprentero.

Hoy, 44 años más tarde, me toca despedir a mi ex compañero de celda, mi hermano en el infortunio y mi amigo de toda la vida, Paz en su tumba y que brille para Jorge la luz que no tiene fin.

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