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LAS PARCAS NO RIEN

Editorial 06/11/2021 Por Editor
Me llaman para preguntarme si el aviso fúnebre de César Burna es de la persona indicada y sí, por la mañana, apenas vi los avisos de la contratapa me imaginé que no debe haber muchas personas con el mismo nombre y apellido, lamentablemente, el elegido por las parcas es César, el conocido.

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LAS PARCAS NO RIEN

Como todos los muertos son buenos, no voy a referirme a esas virtudes con las que solemos adornar la memoria de quienes las parcas eligieron esta vez para llevarse, no sé si era bueno, lo que sí sé porque César trabajó conmigo es que no era un tipo malo, ni jodido, de esos que ahora con la crisis abundan, dispuesto a clavarte el cuchillo por la espalda por 10 centavos.

Tenía la cualidad de la sonrisa fácil, lo que allana caminos y confianzas, también una gran calidez humana que lo convertía en “compinche” de bromas y chanzas, más que un amigo serio y circunstancial.

Esas bromas que a veces se hacen para distender situaciones complejas o enrevesadas que si se las tomáramos en serio nos pondría al borde del ataque cardíaco y de las cuales salimos adelante con el concurso de la risa y diciéndonos “total para qué te vas a preocupar…”

En esos especiales momentos de distensión, César jugaba su mejor papel, el del tipo alegre, contento con lo que nos ofrece el reparto de la vida aunque perdí contacto desde que se alejó a la ruta para establecerse con un negocio en la Autovía, su recuerdo es una sonrisa permanente.

Ayer, sin conexión con la prematura muerte de César me comunico con el “sordo” Medina internado en un sanatorio por esa afección cardíaca que tiene, como ya venía afectado me permití prohibirle que se muriera. Con su característico humor negro, me contestó “a las plagas como yo no las quieren en ningún lado, ja ja, para finalizar con su habitual recomendación “cuídate”.

No quiero relacionar la muerte de César con la vida del “sordo”, que a pesar de sus arterias coronarias, varios cambiadas por esas maravillas de la técnica que son los stent, los tubos de malla de metal que se expanden dentro de una arteria del corazón, le ha permitido mejorar su vida y alentar la esperanza de que sus proyectos del hospital Infantil y la Defensa Central de Concordia, entre varios otros, puedan hacerse realidad.

Como el “sordo” sabe que pude concretar un mínimo porcentaje de ideas propias sobre el desarrollo, me cuenta las suyas, que de tanto repetirlas, las conozco al dedillo, las suyas son ideas de desarrollo humano, las mías empezaron así con el Hospital para Discapacitados en la calle Belgrano, cuyo terreno doné con ese específico fin y lo cambiaron por billetes contantes y sonantes, siguieron luego por el lado del desarrollo socio económico como forma de morigerar la pobreza y marginación pero, otra vez, me cambiaron las figuritas. 

En fin, la historia es larga y excede el espacio disponible, de todas formas, el encuentro con el “sordo” sirve de catarsis sin piedad para los poderosos a quienes tiramos -verbalmente claro- camionadas de mierda como válvula de escape de nuestros proyectos inconclusos.

Tal vez, en el lapso que nos queda por vivir no podamos concretar nuestras ideas, las tenemos que hacer públicas para que alguien se apodere de ellas y decida hacerlas realidad. No se cobra derecho de autor, aunque le prometí al “sordo” que si se hace el Hospital de Niños de Concordia, no estaría mal ponerle de nombre “Hermanos Medina” en honor de Fermín y el suyo. 

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