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La inquisición de Tomás OB

Editorial 09/10/2021 Por Editor
Tomás de Torquemada fue el primer Inquisidor General de Castilla y Aragón, y el más tristemente celebrado. Se estima que bajo su mandato, el Santo Oficio de la Inquisición quemó vivo a más de diez mil personas y un número superior a los veinte mil fueron condenados a penas deshonrosas.

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TOMAS DE TORQUEMADA

Torquemada procedía de una influyente familia de judíos establecida en Castilla desde hace siglos que habían decidido convertirse al Cristianismo dos generaciones atrás. La creciente presión social sobre la comunidad hebrea en el siglo XV desembocó en la conversión al Cristianismo de casi la mitad de los 400.000 judíos que habitaban en España. Los hijos de muchos de ellos acabaron ingresando en el clero, como demostración de compromiso con su nueva religión. Uno de ellos fue el tío del inquisidor, Juan de Torquemada –cardenal, teólogo y prior de los dominicos de Valladolid, donde probablemente nació Tomás–, que se encargó personalmente de la educación de su sobrino.

Las víctimas de Tomás de Torquemada no solo eran judíos, sino también lo que en esos tiempos se denominaba “herejes”, “bígamos” y “brujas”, defenderse de una acusación del ejercicio de cualquiera de estas actividades contrarias a la Santa Religión Católica, eran casi imposible y la mayoría de los acusados terminaban siendo quemados vivos en hogueras públicas para aterrorizar a la población y escarmiento.

Con el descubrimiento de América por Colón, España exportó la inquisición y sus métodos crueles a estas tierras, instaurando tres tribunales: los de Lima y México fundados en 1569, y el de Cartagena de Indias, fundado en 1610. En el resto de las colonias españolas americanas también actuaba, por medio de un comisario y el subsiguiente sistema de notarios y familiares (delatores oficiales), sujeto a la jurisdicción de uno de los tres tribunales principales.

En el local del Santo Oficio de Lima,  pueden verse las celdas de los detenidos que esperaban proceso y los artefactos empleados para obtener sus confesiones. El inquisidor Torquemada estableció en forma categórica que los reos no deberían sangrar ni sufrir lesiones. Se ideó entonces un sistema de tortura que buscaba dar dolor sin dejar mayores heridas. Tal fue el caso del "potro", tablero en el que se ataba al reo para que sufriese estiramiento de brazos y piernas; el castigo del agua, que lo obligaba a tragar agua en demasía y le impedía respirar; y la "garrucha", cordel atado a una polea que alzaba al prisionero desde los brazos, atados a su espalda, llevando un fuerte peso en los pies.

El mayor porcentaje de los procesos inquisitoriales tenía que ver con comentarios personales denunciados por la red de delatores del sistema. En este último sentido, lo más común es encontrar en los archivos de todas las ramificaciones de la Inquisición en América investigaciones sobre todo tipo de afirmaciones dichas en conversaciones casuales. Como por ejemplo la causa seguida contra un vecino de Santiago de Chile, Joan de Barros, procesado por comentar a un amigo que Dios no le "podía hacer más mal ni darle mayores penas en esta vida" que la reciente muerte de su esposa. Una afirmación supuestamente herética, debido a la creencia católica de que Dios todo lo puede.

Numerosos otros procesados fueron interrogados por utilizar refranes populares españoles de la época, de pretendidos alcances blasfemos, como: "en este mundo no me veas mal pasar, que en otro no me has de ver penar". Incluso se abrían un número rutinario de investigaciones en contra esclavos negros que maldecían o blasfemaban mientras eran azotados.

A pesar del tiempo, Torquemada parece renacer convertido en moderno inquisidor ahora como OB, que no es un tampón, sino un conocido fraile sin sotana que al igual que su mesías, Tomás, está dispuesto a llevar a la hoguera a más de uno para congraciarse con su ego.

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