
FLOTANDO COMO UN CORCHO
Editor
Le decía que era una antigua costumbre de quienes hemos vivido en la clandestinidad y a pesar de haber transcurrido tantos años de los “de plomo” todavía dormimos como las liebres, con un ojo abierto y el otro cerrado, presto a saltar ante un ruido, una antigua costumbre para preservar la vida.
Nos acordamos de Omar Rizzo, el célebre ingeniero y de su querida señora, un cuadro político increíble, de Esteban Verliac y el Dr. Santich y de tantos otros que había acogido en mi casa para los célebres encuentros del partido comunista y a quienes, a veces, trasladaba entre Concordia y Colón, lugar donde había encuentros de estudios por varios días.
Aprovechaba, por aquellos tiempos, esos días de descanso por aquí aflojando el fragor de la batalla en Buenos Aires y como para que nos perdieran el rastro hasta que nos convocaran a nuestro puesto de extraer heridos fuera de la primera línea y llevarlos a la retaguardia, la mayoría de las veces bajo fuego cruzado.
El tema, del que no se habla, ni aunque hayan pasado como medio siglo, venía a cuento porque un conocido del Pato, lo había recriminado por saludarme en un acto en que me entregaron una recordatorio por los 50 años de este diario.
Y esto ocurre, lamentablemente, porque nos hacemos preconceptos de las personas y las odiamos sin conocerlas. Ninguno de mis compañeros ha dicho jamás donde estuvo y que hizo por aquellos años, primero para curarnos en salud, los delatores te podían denunciar por una simple sospecha y terminar chupado en cualquier celda o enterrado en una cárcel. Así que el silencio era tan preciado que era preferible morder la pastilla de cianuro que exponerse a decir secretos en los que podías llevar a la muerte a tus compañeros.
Aunque la democracia fue asentándose, nunca hubo confianza plena en que hubieran desaparecido aquellos con los que nos enfrentábamos. Sobrevivimos los que nos mimetizamos al medio y nos olvidamos de todo, como si nos hubiera dado un ataque de amnesia.
¿Por qué acordarse ahora? Parafraseando a Perón en cuanto a que “estaba amortizado”, el tema es, por un lado, el odio por desconocimiento y, el otro, la supina ignorancia que capea en aquellos que detentan el poder por el cual nosotros luchábamos.
Saben poco, hablan mucho y se enredan en sus propias contradicciones pero tienen un discurso que los mantiene a flote y no les deja hundirse, flotando como un corcho.
Obviamente que no luchábamos por esto, añorábamos mucho más y la revolución no se puede hacer quedándose estático, atajando las pelotas y tratando de que no te metan un gol en plena defensa sin tener delanteros que ataquen.
Entonces, compañero Pato, aquellas arengas que usted hacía como Presidente de los Inundados hace cuarenta años y las acciones que yo desplegaba, quedarán en nuestras memorias, para acordarnos y sonreír mientras miramos adelante, atrás y al costado y no vemos a nadie que haya levantado esas banderas. Tenemos que contentarnos que somos sobrevivientes y esto, aunque usted no lo crea, es mucho.



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