El dia que bombardearon la Plaza de Mayo para matar a Perón, había concordienses entre los atacantes y defensores.

El 16 de junio de 1955, un intento de asesinar a Perón y dar un golpe de estado involucró a los aviones de la Armada y la Fuerza Aérea, que atacaron la casa de gobierno y los alrededores dejando un tendal de víctimas inocentes. Cómo se salvó el presidente. El militar que se suicidó luego del final. Y la quema de las iglesias como revancha

Nacionales 16/06/2024 TABANO SC TABANO SC
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El feroz ataque dejó centenares de muertos y heridos.

Por Alberto Amato

Abrió para siempre la etapa de la violencia política en la Argentina contemporánea. Apenas a diez años de terminada la Segunda Guerra Mundial, con el escenario de ciudades destruidas por las bombas, Buenos Aires y su centro político, la Plaza de Mayo, se convirtió en una ciudad abierta, como habían sido Londres, Roma, Budapest o Varsovia bajo las bombas nazis, o Dresde bajo las bombas aliadas. Junto con las puertas de la violencia política, abrió una grieta que todavía no ha cerrado y que parece imposible de cerrar pese a los débiles e interesados llamados a una conciliación que semeja una utopía.

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Hace sesenta y nueve años, el 16 de junio de 1955, aviones de la Armada y de la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo repleta de gente, y el centro de la ciudad, poblado como cualquier jueves al mediodía. No sólo cayeron bombas: los aviones navales y de la Fuerza Aérea ametrallaron también los principales edificios y avenidas del centro porteño. Fue una terrible matanza de civiles inocentes, que habían ido a la Plaza por un desagravio al general José de San Martín programado para esa mañana que contemplaba un desfile aéreo. Un informe de 2010 elaborado por el ministerio de Justicia y Derechos Humanos del gobierno de Cristina Fernández, cifra en 309 los muertos identificados; se le suman un número nunca precisado de cadáveres destrozados e irreconocibles y más de mil doscientos heridos.

 
Lo que siguió a la primera bomba fue una larga batalla campal entre fuerzas leales a Perón, entre ellas el Regimiento de Granaderos a Caballo, custodia presidencial, (entre ellos se destaca la presencia de un concordiense que era conscripto Granadero Diego Bermúdez López) y la Infantería de Marina que atacaba la Casa Rosada desde el ministerio de esa fuerza, que es hoy el edificio Guardacostas de la Prefectura. Los golpistas contaban con la colaboración de “comandos civiles”, que se habían armado y confabulado para conseguir el objetivo del alzamiento: asesinar a Perón. Dirigentes opositores: Miguel Ángel Zavala Ortiz, de la UCR, Américo Ghioldi, del Partido Socialista y Adolfo Vicchi, del Partido Conservador. Entre los civiles que apoyaron aquel intento de asesinar a Perón figuraban Mario Amadeo, Luis Agote, Alberto Benegas Lynch y Luis María de Pablo Pardo.

Gran parte de los oficiales navales que tomaron parte del complot y del bombardeo desempeñaron altas funciones en la última dictadura militar.

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Juan Perón habla desde la Casa de Gobierno el 5 de julio de 1955, luego del bombardeo y la quema de las Iglesias, en un llamado a todos los partidos y facciones políticas por la Pacificación Nacional
 
Uno de los ayudantes del ministro de Marina, contralmirante Aníbal Olivieri, era el entonces capitán de fragata Emilio Massera, quien en 1973 sería ascendido a jefe de la Armada por Perón, el hombre al que había intentado matar en 1955. Los otros dos ayudantes del ministro eran los capitanes Horacio Mayorga y Oscar Montes. Mayorga, dice el informe del ministerio de Justicia, estuvo involucrado en el fusilamiento de dieciséis guerrilleros en la Base naval Almirante Zar, de Trelew, en agosto de 1972. Montes fue canciller de la dictadura en 1976: reemplazó al almirante César Guzetti, herido en un atentado terrorista. También conspiraban los capitanes Aldo Luis Molinari, amigo personal del general Aramburu y Francisco Manrique, que sería ministro de la dictadura de Alejandro Lanusse, inventor del Prode y candidato a presidente en las elecciones de marzo de 1973.” 

Entre los conspiradores se encontraba ayudando a los asesinos, era el Ingeniero Soria quien fue dueño de LT15, el junto a otro ingeniero, fueron los que armaron las espoletas de las bombas que lanzaron en Plaza de Mayo y alrededores causando centenares de víctimas. Ambos eran ingenieros navales.

Entre los pilotos navales que, fracasado el intento, huyeron a Uruguay figuraban posteriores jefes de la dictadura como el capitán Horacio Estrada, del Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA, directores del Servicio de Inteligencia naval, como Eduardo Invierno, o como Carlos Fraguío titular de la Dirección Naval, o secretarios de Prensa de la Armada y del gobierno de Jorge Videla, como Carlos Carpintero y Carlos Corti. Los fugados fueron recibidos en el aeropuerto de Carrasco, en Montevideo, por otro golpista, perteneciente al Ejército: el entonces capitán Carlos Guillermo Suárez Mason, que sería durante la dictadura el temido jefe de Cuerpo I de Ejército.

El bombardeo a la Plaza de Mayo fue el ensayo general del posterior golpe de septiembre de ese año, liderado desde Córdoba por el general Eduardo Lonardi quien, la tarde del bombardeo y junto con un amigo, fue testigo del desastre desde la vereda del Banco nación, en diagonal a la Casa Rosada, según el testimonio de su hija Marta, en “Mi padre y la Revolución del 55″. Marta Lonardi aseguró que su padre no fue informado del complot de junio. El Ejército tenía sí comprometidos a otros dos generales, Justo León Bengoa y Pedro Eugenio Aramburu.

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Un avion de los conspiradores con la Cruz y la V corta: Cristo Vence

En junio de 1955 el gobierno peronista respiraba un aire enrarecido. Para variar, la crisis económica sacudía los bolsillos, la inflación parecía incontrolable, el gobierno luchaba contra lo que llamaba “agio y especulación” en un esfuerzo por el control de precios, pese al alto índice de participación de los obreros en el PBI: el cincuenta y tres por ciento, un récord en la empobrecida América Latina. También campeaba ciertos aires de corrupción que entonces parecía intolerable y hoy sería un juego de chicos, y existía una brutal relación entre oposición y oficialismo que no es motivo de estas líneas. Ya en 1951 un intento de golpe militar liderado desde Córdoba por el general Benjamín Menéndez, había dado muestra de la resistencia que despertaba Perón en un sector de su propia fuerza. El 15 de abril de 1953, tras la muerte el año anterior de Eva Perón y el posterior suicidio de su hermano, Juan Duarte, sospechado de corrupción (entre paréntesis, el suicidio está a su vez sospechado de homicidio, una tradición argentina), un brutal atentado terrorista mientras Perón hablaba a sus seguidores desde el balcón de la Rosada había provocado cinco muertos y noventa y tres heridos. Entre los autores del atentado había dirigentes radicales, entre ellos Roque Carranza, quien entre 1985 y 1986, sería ministro de Defensa de Raúl Alfonsín.

En 1954 estalló un conflicto entre el gobierno y la Iglesia que pareció decidir a los conspiradores a actuar. De hecho, los antecedentes del bombardeo a la Plaza de Mayo tienen raíz en las pésimas relaciones del peronismo con la dirigencia católica. Una procesión de Corpus Christi, prohibida por el gobierno, fue celebrada el 11 de junio en el interior de la Catedral. Al terminar, la marcha fervorosa de los creyentes católicos derivó en un incidente que terminó con la quema de una bandera. El peronismo culpó a los católicos, pero las investigaciones sembraron la sospecha de que había sido el propio gobierno, o el sector duro del peronismo, el que había ultrajado la bandera para culpar a la oposición.

De todos modos, el gobierno decidió expulsar del país a dos obispos argentinos, Manuel Tato y Ramón Novoa, que fueron puestos en un avión rumbo a Roma. El Vaticano, a través de la Congregación Consistorial, respondió el mismo fatídico 16 de junio con la excomunión de los “responsables de la expulsión” de los dos sacerdotes. El Vaticano no daba nombres. ¿Iba a ser excomulgado Perón? No hubo tiempo de analizarlo. Para variar, otra tradición argentina, el conflicto había empezado con una pequeña llama, en pocas horas se había convertido en un gigantesco incendio.

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Destrozos y civiles muertos luego del ataque de la aviación sobre Buenos Aires
La Iglesia era solo uno de los elementos que agitaban a los conspiradores: los planes de asesinar a Perón se habían intensificado desde inicios de 1955. El gobierno sabía de la conspiración y los golpistas sabían que el gobierno sabía de sus planes: por eso los adelantaron para ese jueves 16 en el que Perón desarrolló su actividad diaria como si todo fuese normal. No lo era. A las nueve de la mañana, el ministro de Guerra, general Franklin Lucero, le había dado la novedad: la Armada se había sublevado. A las diez y cuarto Perón recibió al embajador de Estados Unidos, Albert Nufer, que le acercaba un obsequio que le habían dejado a Perón oficiales militares estadounidenses. La audiencia estaba prevista para que durara una hora. Nufer diría después que Perón “estaba no solo tranquilo y sosegado; estaba más afable que nunca” y que le aseguró que el conflicto con la Iglesia aumentaría su popularidad.

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A esa hora sin embargo, la del saludo del embajador con el presidente, estaba previsto el inicio del bombardeo a la ciudad. No pudo ser porque el día había amanecido cubierto, gris y con una leve y molesta llovizna. La gente igual colmaba la Plaza. La información oficial, publicada en los diarios, decía: “Hoy a las 12, una formación de aviones Gloster Meteor de propulsión a reacción pertenecientes a las unidades de caza interceptora de la Fuerza Aérea Argentina, con asiento en la VII Brigada Aérea, sobrevolarán la Catedral Metropolitana donde descansan los restos del General San Martín. (…) como acto de desagravio a la memoria del Libertador ante los hechos ocurridos el sábado último (…)”

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Los estragos en Casa Rosada: el boquete que dejó una bomba
No era verdad. A esa hora ya sobrevolaban la ciudad más de cuarenta aparatos de la Aviación Naval y de la fuerza aérea; eran aviones de combate Avro Lincoln y Catalinas de la Escuadrilla de Patrulleros Espora, coordinados por el almirante Samuel Toranzo Calderón y comandados por el capitán de navío Enrique Noriega. Volaban también bombarderos livianos del tipo Beechcraft, dispuestos a descargar, como lo hicieron más de cien bombas. Muchas de las naves lucían cerca del timón de cola una “V” y una cruz, que significaba “Cristo Vence”, el lema de los sublevados. Giraban en torno a la Casa de Gobierno, el río y el centro de la ciudad en espera de un hueco en las nubes que les permitiera descargar sus bombas.

A las 12.40 estalló la primera: demolió el jardín de invierno de la Rosada, ubicado en la terraza donde, suponían los complotados, Perón iba a ver el desfile aéreo. Perón ya estaba refugiado en el Ministerio de Guerra, ocupaba la oficina del general Lucero a quien le dijo, luego del primer estallido: “Lucerito, hágase cargo”. Lucero ya se había hecho cargo. La represión estaba en marcha y soldados leales habían rodeado la Escuela de Mecánica de la Armada, que se había sublevado e impidieron la salida de las tropas; el regimiento custodia del presidente, los Granaderos a caballo, habían tomado posiciones de defensa en la Casa de Gobierno.

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Una foto actual de los conscriptos que eran Granaderos en 1955 y que resistieron el ataque defendiendo a Perón, el último de izquierda a derecha es el concordiense Diego Bermudez López.

El resultado de la primera oleada de bombas quedó reflejado por el diario “La Nación” que el 18 de junio publicó una dramática crónica. Decía: “Los tres aparatos de la Marina de Guerra que volaban sobre la Casa de Gobierno y el Ministerio de Guerra arrojaron mortíferas bombas sobre la sede gubernamental, sobre la plaza y el elevado edificio del Ministerio de Ejército, en la calle Azopardo. Una de las bombas cayó de lleno sobre la Casa de Gobierno. Otra alcanzó un trolebús repleto de pasajeros que llegaba por Paseo Colón hasta Hipólito Yrigoyen. El vehículo se venció sobre el lado izquierdo, sus puertas se abrieron y una horrenda carga de muertos y heridos fue precipitada a la calle. Una tercera bomba tocó la arista nordeste del cuboide edificio del Ministerio de Hacienda, despidiendo pesados trozos de mampostería. Junto con el mortal estrépito de las bombas prodújose una intensa lluvia de esquirlas y menudos trozos de vidrios. La violencia de la expansión del aire con la explosión provocó la rotura instantánea de centenares de vidrios y cristales en todos los edificios de ese sector céntrico. Al mismo tiempo restallaron los cables rotos de los trolebuses y mientras se oía el brusco aletear de millares de palomas que alarmaban la plaza, se escuchaban los ayes y lamentos de docenas de heridos. Fue un momento de indescriptible y violenta sorpresa. Los cronistas que se hallaban en la Sala de Periodistas de la Casa de Gobierno vieron desplomarse el techo de la amplia oficina. Cayeron arañas sobre la mesa de trabajo y las máquinas de escribir fueron acribilladas con trozos de mampostería y vidrios. Gateando para sortear las nuevas explosiones salieron de la Casa de Gobierno, tropezando con los soldados de la guardia de Granaderos que se precipitaban por los corredores a reforzar las guardias, y se dirigieron al edificio del Ministerio de Ejército, pasando entre coches destrozados, cadáveres yertos, heridos clamantes y ramas de árboles desgarradas”.

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Una cruda imagen de lo que fue el bombardeo y los ametrallamientos contra civiles por parte de los aviadores complotados para matar a Perón

Después de los primeros estallidos, la Infantería de Marina se lanzó a tomar la Casa de Gobierno: llegaron hasta la legendaria estación de servicio que hasta los años 70 se alzó frente a la entrada de la Rosada por la explanada de la calle Rivadavia, y fue ferozmente rechazada. Perón, que cuando cayó la primera bomba cerca del ministerio de Guerra había sido empujado por un oficial tras un gran archivero metálico, fue conducido al sótano del edificio. Alguien le acercó una información inquietante: la CGT llamaba a los trabajadores a que se congregaran en la Plaza de Mayo. Perón le dijo al mensajero, según relata Joseph Page en “Perón - Una biografía”: “Vuelva a la CGT. Ni un solo obrero puede ir a la Plaza de Mayo”. Era demasiado tarde: miles de personas habían ganado las calles; en la Avenida de Mayo y sus alrededores, tomaron por asalto varias armerías y se lanzaron a la defensa del gobierno para escenificar un amago de guerra civil como nunca antes había vivido el país en el siglo XX.

A la una y cuarto, ni bien iniciado el bombardeo, los “comandos civiles”, bajo control militar, intentaron copar las radios de la ciudad para transmitir la proclama revolucionaria. Estaban convencidos de que Perón había muerto. Radio Mitre fue tomada por un grupo al mando del teniente de corbeta Siro de Martini que, a punta de pistola, obligó al locutor de turno a leer una proclama. El inicio del texto parece haber sido escrito ayer: “¡Argentinos! ¡Argentinos! Escuchad este anuncio del cielo volcado por fin sobre la tierra argentina”. Y, luego, seguía: “El tirano ha muerto. Nuestra Patria desde hoy es libre. Dios sea loado (…) Compatriotas: en estos momentos, las fuerzas de la liberación económica, democrática y republicana han terminado con el tirano. La aviación de a Patria al servicio de la libertad, ha destruido su refugio y el tirano ha muerto (…) Ciudadanos, obreros y estudiantes: la era de la recuperación de la libertad y de los derechos humanos ha llegado”.

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Las huellas de una bomba en Plaza de Mayo

Cerca de las seis de la tarde, la sublevación estaba derrotada. Hasta veinte minutos antes de esa hora, las oleadas de bombardeos y el ametrallamiento de las calles siguieron, esporádicos pero fatales. Para entonces, habían caído bombas y metralla en la Casa de Gobierno, el ministerio de Obras Públicas, la Avenida de Mayo, el Departamento de la Policía Federal en la Avenida Belgrano, los alrededores del ministerio de Marina, la Avenida Paseo Colón, el edificio de la CGT en la calle Azopardo y la residencia presidencial de la calle Austria, donde hoy se alza la Biblioteca Nacional vecina al Instituto Juan Domingo Perón. Las calles estaban pobladas de víctimas. Uno de los jóvenes médicos de guardia en el hospital Argerich aquel día, dio años después un estremecedor testimonio a Daniel Cichero, para su minuciosa e ineludible reconstrucción del drama, “Bombas sobre Buenos Aires”. Reveló el doctor Francisco Barbagallo: “Venían en camiones. Traían heridos, trozos de personas, trozos de cadáveres (…) Todo venía junto. Recuerdo incluso que atrás de una de las puertas de la morgue había una pila de trozos de cadáveres: brazos, piernas, pies. Eran inidentificables. Era como un rompecabezas si querías armar algo. Una cosa imposible”.

El historiador de la Revolución Libertadora, Isidoro Ruiz Moreno, dice en su obra “La Revolución del 55″: “Se imponía la rendición. Y esta se produjo a las cuatro de la tarde. El Ejército se hizo cargo de la ocupación del Ministerio de Marina y de la seguridad de su personal, que fue tomado prisionero. El contralmirante Toranzo Calderón asumió sobre sí la responsabilidad del golpe revolucionario cuyo fin fue dispuesto por el ministro Olivieri con su conformidad. Poco después, abrumado por el hecho de que su cuerpo había mantenido las acciones, el comandante de la infantería de marina, vicealmirante Benjamín Gargiulo, se suicidó, no obstante su nula participación en los hechos”.

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La portada del diario El Mundo con el frustrado golpe de estado

A las seis de la tarde Perón habló al país por la cadena nacional y desde el Ministerio de Guerra. Dijo que el levantamiento había sido sofocado y que todo estaba bajo control. No era verdad. A esa hora ardían varias iglesias de la ciudad. Habían sido incendiadas y saqueadas, ante cierta pasividad policial y de los bomberos. Perón pidió a sus seguidores que mantuvieran la calma, pero era tarde: a esas horas había sido incendiada la Curia Metropolitana, frente a la Plaza de Mayo, y el interior de la Catedral, vecina a la Curia, era saqueado y destruido. Lo mismo sucedió con la Iglesia de Santo Domingo, de Belgrano y Defensa, con el Convento de San Francisco, que había sido el templo favorito de Perón y de Eva Perón, con las iglesias de La Piedad, San Nicolás de Bari, en la avenida Santa Fe, sospechada de haber escondido parte del armamento de los comandos civiles, y con el templo de San Ignacio de Alsina y Bolívar.


Cuando el día terminó por fin, bajo una lluvia intensa y premonitoria, al horror de los bombardeos se agregaba la bochornosa torpeza de la quema de las iglesias. Ninguna de las grandes heridas abiertas aquel día trágico cerraría con el paso de los años. Quién sabe si aún hoy se han cerrado.

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