
Cruzando el desierto en busca de la Tierra Prometida

De tal manera que estamos bajo la voluntad popular que hemos concedido para que nos castiguen y como vivimos en democracia, bajo la ley de Torá o Ley de Dios, para quienes son judíos y por la Constitución y las leyes, por los demás credos y el voto popular, nos hemos condenado a cruzar el desierto con pocos víveres, escasos de agua y acompañados por hombres, mujeres ,ancianos y niños.
Llegarán, casi seguro, los más fuertes de espíritu, los que no se doblegan ante las adversidades y serán acompañados por los que puedan cargar sobre sus espaldas, tendrán que ser abandonados a su suerte o sacrificados quienes no puedan caminar o sufran de algunos achaques que les dificulte el pesado andar sobre la arena caliente del desierto, quienes no soporten la sed y el hambre, perecerán en el trayecto, en la ley de la selección natural, quedarán los más fuertes para asegurar la supremacía de los humanos sobre el resto de la creación.
Esa parece ser la lectura del nuevo Mesías quien no nos acompañará en la travesía ni tiene el don que tenía Dios durante el viaje por el desierto de 40 años después de la liberación de Egipto, de hacer caer maná del cielo.
Sin alimentos, nuestro destino se vuelve incierto y la esperanza de llegar al destino que nos visualiza como la “Tierra Prometida” se desdibuja.
El pueblo, el de Concordia y el resto del país, se consideraron sometidos y quisieron avanzar con la libertad pero,ahora, condenados a cruzar el desierto. la travesía se hace difícil y tal vez, nos lleve el mismo tiempo que a Moisés le llevó su existencia, llegar a la vida mejor que nos han prometido, cuarenta años, porque somos recalcitrantes como peronistas, dado que la mitad del pueblo siguen las doctrinas del general y el otro medio, algunos se consideran alfonsinistas y el resto se mueven de acuerdo a sus emociones e intereses.
Lo cierto es que, estamos acá a dos meses de haber iniciado el viaje, que no era de vacaciones, como algunos creyeron, sino de sacrificios, el río Jordán parece lejano y no vemos ni a Moisés, ni a Josué y al Mesías, solo por televisión, no parece querer infundirnos fe, sino insiste en que debemos sacrificarnos y transmite su sollozo en el muro de los lamentos y viaja a Nueva York a ver la tumba del rabino Schneerson, buscando uno de sus milagros.
No hay moraleja: ni es un cuento, es una visión reflejada en hechos bíblicos del Antiguo Testamento y en la realidad acuciante del hambre. No hay maná.



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