NO HAY DOS SIN TRES

Editorial 22 de julio de 2021 Por Editor
Toda mi vida estuve acompañado por un perro. Cuando niño, tenía una perra salchicha que no sé de donde habrá aparecido por casa y se apegó tanto que me acompañaba todas las mañanas a la escuela primaria y volvía a esperarme cuando salía al mediodía.
IMG-20210722-WA0003

Tenía que soportar la crueldad de los gurises por el aspecto largo de su cuerpito con la cola cortita que no sé quien le habrá cortado. “Laika”, como la perra tirada al espacio por aquellos tiempos, era “Chicha” a veces y no se separaba jamás de mi lado, vaya donde vaya, la perrita me seguía sabiendo que había lugares en donde no se podía entrar, como la escuela, esperándome pacientemente que saliera, siempre unos pasos por detrás.

Recuerdo, una oportunidad en que las rivalidades propias de distintos barrios, habían hecho que un grupo de chicos que habitaban en las inmediaciones del puente sobre el arroyo “La Virgen”, quisieron darme una paliza por el solo hecho de ser de otro barrio. Nadie pensó que esa perrita salchicha que me acompañaba se convertiría en león y me defendería a dentellada limpia. Tan feroz que los gurises pusieron pies en polvorosa, no sin antes pegarles una patada que la hizo volar por los aires pero cayó más mala aún y mordió a tres o cuatro.

Esa desconocida ferocidad, alcanzó para que sacara patente de intocable y me diera la seguridad de ir y venir de la escuela sin que los “jíbaros” me atacasen al cruzar el puente.

Muchos años más tarde, Miguel me regaló una perra chica que dijo que era “de policía”, pero al crecer me di cuenta que no era de esa raza, y al decírselo me contestó “no, lo que pasa es que es de la policía…secreta”, me había metido “la perra” y en honor a “Laika” original, volví a ponerle ese nombre.

Si la primera había sido una perra excepcional, esta batió todos los parámetros. Por esas épocas, Vero, mi hija concurría a la escuela Moreno y  “Laika” a la hora de buscarla empezaba a dar vuelta alrededor mío, como marcándome que había llegado el momento de llevarla. Como quedaba cerca yo la llevaba en auto, pero la perra acompañaba corriendo al lado del auto, hasta la escuela y esperaba que entrase para subir y volver, día tras días.

A la tarde, se cruzaba por la calle y se iba a dormir la siesta con el Tío, pero a las 17, puntualmente se sentaba en la puerta de la casa para esperar que llegáramos. Cierto día, que habían dejado después de hora al grado porque alguien se había portado mal, volví sin Vero a la casa y “Laika” no entendía y yo tampoco, porque no estaba ahí. Había llegado a buscarla a la escuela unos segundos tarde y creí que ya habían salido, pero no fue así, salí entonces a buscarla y la perra interpretó lo que ocurría, salió a la carrera y se fue directamente a la escuela, parándose en la puerta.

Recién ahí, las maestras explicaron que habían quedado “después de hora” y se habían olvidado de avisar a los padres. “Laika” se murió de vieja y sufrí su muerte, tanto que a partir de allí nunca quise tener un solo perro, hoy tengo cinco y de una de ellas, nacieron hace unos días nueve más.

También hace poco comprendí, cabalmente, aquel dicho de que “cuando más conozco a la gente más quiero a mi perro”, pero en el Día Mundial del Perro, que se celebró ayer, quise acordarme de mis dos “Laikas” a quienes quise tanto y me dieron tantas satisfacciones.

Nunca volví a ponerle a una perra su mismo nombre, creí que no habría jamás una perra igual a ellas, pero estoy pensando que no hay dos sin tres, tal vez, vuelva a tener una tercera “Laika”, amiga, defensora de su amo y fiel hasta la muerte.

@diarioelsolconcordia

Te puede interesar