Recuerdos del cura Andrés

Editorial 09/05/2022 Por Editor
Seguramente, Andrés no hubiera querido un monumento. Es más, lo hubiera desechado y retado a los promotores. Lo veo diciendo con un “déjense de joder, con el hambre que hay, gastando plata en monumentos”. Claro que se puede hacer porque no está y salvarnos del reto.
Padre  Servin

Veo a su fiel compañero, el padre Temón, hablando en la inauguración del monumento, no sé qué opina hoy “Pepe” del monumento, pero si está ahí, seguramente sería para recordarlo a Andrés, que más allá de un monumento vive en la memoria de los concordienses y sobre todo de los más humildes y de su comunidad de la Gruta de Lourdes.

Como era mi confesor, puedo escribir con la tranquilidad de haberlo conocido bastante y haberme ligado varios retos. El primero, cuando al confesarme le dije que no tenía pecados, me semblanteó, escudriñándome con los ojos, y me dio en la matadura: “¿no miras mujeres?”, preguntó. “Y…si”, le respondí. “Bueno, entonces no estás libre del pecado, andá a rezar 100 padrenuestros”.

Después, estuve fuera de su radio de acción por cuestiones “obligadas”, me confinaron en la UP3 en el ‘77 y llegó junto al padre Temón a verlo a Enrique Tomás Cresto que ese día estaba regando su huerta en la cárcel. Conversaron, sentados en un banco de cemento y me acerqué a saludarlos. 

¿Y vos que estás haciendo aquí? El que no confesaba pecados estaba en el purgatorio rodeado de pecadores. Tenía, por ese entonces, el hándicap de que mi hermana había estado trabajando con Andrés levantando casas para gente del Constitución, eran las casitas Alpinas y él recordaba a “la flaca” y a su compañero “el gringo” Engelmann que sobresalía por su imponente altura y ojos azules como buen descendiente alemán. Así que desde que me ubicó como parientes de los voluntarios del Pancho Ramírez, me aflojó los padrenuestros, en lugar de 100, me mandaba a rezar 50.

Le llevé un domingo que bautizaban a los hijos de los feligreses de la Gruta a una de mis hijas, María Verónica, para que la bautice, pero justo ese día compartía la misa con el Padre Julián Zini, el cura chamamecero y tercermundista quien al final la terminó bautizando de una forma en la que mezcló la liturgia católica con palabras en guaraní y el bautismo fue una fiesta casi chamamecera, un espectáculo de hondo contenido cristiano adaptado a la idiosincrasia del hombre común. Si me emocionaba escuchar a Julián recitar en sus chamamé, aquello fue apoteótico.

Por ahí, me enojaba con Andrés porque se ponía demasiado vehemente con la obra de la Defensa Sur y abandonaba toda diplomacia cuando exigía respuestas “ya”, lo que no sabía es que había agotado la paciencia pidiendo que den una mano para hacer la obra y me di cuenta que Andrés no era un cura de esos que están como interlocutores con Dios sino que tenía más relación terrenal, cosa que dejaba traslucir en su comedor de la Gruta que no estaba dispuesto a dar solamente el alimento espiritual, sino que bregaba porque los feligreses y sus hijos pudieran comer un plato de comida.

La Defensa Sur salió gracias a esta vehemencia. Se ponía cabrero y no había quien lo calmara; es que le mentían, dos, tres veces y la cuarta ya decía “mirá, me estás mintiendo”, y no le importaba a quien se lo decía, por lo tanto el que comprometía estaba obligado a cumplir, con demoras pero se hizo.

Andrés con o sin monumento vivirá siempre en el corazón y el recuerdo de quienes lo conocimos y a quienes nos ayudó con una palabra, con una bendición o con un reto.  

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