LAZOS DE SANGRE

Editorial 08 de julio de 2021 Por Editor
El “Lole” encendió nuestra pasión por el automovilismo, renovó el argentinismo al palo. Podíamos ser los mejores y, de hecho, el “Lole” lo demostraba al volante de los bólidos de la Fórmula 1, como antes lo había sido Juan Manuel Fangio, y ahora lo demuestran desde el Papa Francisco a Lionel Messi y hasta el "Dibu"  Martínez.
Lazos de sangre

Somos, los argentinos, esa mezcla de indios, tripas y lanzas, de la cual ha salido una raza que no es europea, ni americana, sino que, fundidos en ese crisol de culturas y fruto del fuego del amor, alumbró una raza nueva de la cual hay ejemplos de que esos hombres y mujeres somos (o podemos ser), los mejores, cuando ponemos pasión y fuerza en conseguir lo que anhelamos.

Hay habilidades con las que nacemos y que vienen en nuestros genes, son esas dotes que Dios nos ha dado antes que empecemos a caminar y que se desarrollan con el tiempo y que, por alguna cuestión que no se pueden descubrir en una nota editorial, algunas personas disponen de mayor o menor habilidad para tal o cual cuestión.

Diego, el 10, ya nació en su Esquina natal con la innata habilidad de jugar al fútbol, que luego desarrolló para ser considerado “el mejor jugador del mundo de todos los tiempos” y es ARGENTINO.

Los argentinos tenemos asumido el mandato de “la familia” como la parte más importante de nuestras vidas y sin la pasión que le ponen los tanos a la “famiglia” con esos gestos histriónicos en que resaltan los valores supremos que tiene la “mamma” en cada núcleo familiar al igual que cada uno de sus componentes.

Como ustedes saben, cuando era joven, el “Lole” era llamado “el gringo” por su condición física, alto, rubio, de ojos verdes y de hablar pausado como lo hace el hombre de campo, sin los apuros que exhiben las personas que habitan la ciudad, empujada a moverse más rápido de lo habitual porque el que viene detrás ya lo hace apurado y a paso redoblado.

Como toda persona que estuvo en el top ten de la F1, fue gobernador de su provincia y legislador nacional, el “Lole” era una persona a la que no le faltaba nada y tenía todo lo que necesitaba, aunque a esa altura de su vida hay posesiones que ya no se requieren y se necesitan de otras que no se miden económicamente sino desde el afecto y el amor.

Anoche, cuando los medios reproducían irresponsablemente que el “Lole” había muerto hubo una voz que se levantó para condenar ese adelanto que al final resultó premonitorio, se murió no cuando lo dijo un periodista y lo reprodujeron todos los medios del país, sino cuando Dios quiso.

Esa voz enojada era de Cora, la hija del Lole que se mantenía a su lado y reclamaba que estaban diciendo que estaba muerto y ella le tenía la mano caliente a su lado. Creo, sin temor a equivocarme, que el lazo de sangre de Cora con su padre, fue quien sostuvo a Carlos Reutemann de haberse despedido de esta vida antes.

Cora, fue esa hija amorosa que cuidó del “Lole”, como el lo hizo cuando ella daba sus primeros pasos en la vida. Devolvió con creces el tiempo y el amor que como padre depositó en ella y se convirtió en leona cuando entendía que alguien pudiera lastimara, de cualquier modo que sea, a su padre.

Una leona que bramaba cuando era necesario para alejar a los inoportunos e impertinentes. Una cachorrita amable y cariñosa cuando el padre buscaba el afecto de los lazos de sangre que estaban en esa mano que apretaba la suya para que no se le escapara la vida. El “Lole” se fue, es cierto, a correr en el cielo, pero nos dejó -no tengan dudas- una parte suya en esa mujer al que bautizó como Cora y que ha demostrado que los lazos de sangre son el vínculo insoluble del amor filial.

@diarioelsolconcordia

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