
La condena a muerte dictada por falsos dioses del Estado es una burla a la Justicia. Los países que mantienen este tipo de condena merecen el repudio universal y que las Naciones Unidas intervengan con un voto de censura. Mantenerla en vigencia es un insulto a la razón y al espíritu humano.






La paradoja fiscal de esta ceguera institucional es monumental. El municipio y la provincia evitan la inversión inicial de adquirir tierras y planificar subdivisiones compactas para ahorrarse un gasto presente. Sin embargo, terminan desembolsando hasta cuatro veces más dinero público en el futuro para urbanizar, abrir calles a la fuerza y llevar servicios básicos a barriadas ya consolidadas de forma caótica y precaria. Es una política que gasta el cuádruple para obtener un resultado habitacional infinitamente peor.











