El teléfono resultaba algo que había que cuidar. Recuerdo que en mi hogar se tenía en un lugar de no fácil acceso. De manera que a los niños ni se nos ocurriera intentar jugar con tan valioso instrumento.
Hacer lo que se denominaba “llamada de larga distancia” era algo “para los ricos”, afirmaban nuestros mayores. Y tenían razón. No estoy refiriéndome a buscar comunicarse desde la Argentina con Europa o los Estados Unidos ni a la Unión Soviética. “Llamada de larga distancia” también era una comunicación desde la Ciudad de Buenos Aires a Mar del Plata. “Pero si eso es aquí cerquita, apenas 400 kilómetros”, me dirá el lector joven, sorprendido. ¡Pues no! El trámite tampoco era inmediato. Había que marcar el 0 (operadora) quien le indicaría cuánto habría de demorar en hacerse la comunicación. Lo usual, para una llamada de Buenos Aires a Mar del Plata… ¡eran unas cuatro horas! De manera tal que había que permanecer cerca del aparato no fuera a ser que sonara la campanilla y no estando alguien cerca se perdiera la ocasión. Entonces, de nueva a llamar a la operadora de larga distancia y otras 4 horas de espera…

















