El crimen de las mochileras que querían conocer la Patagonia y murieron al costado de la ruta

Policiales 02/10/2021 Por Editor
En el verano de 1998, María Dolores Sánchez (18) e Irina Montoya (25) tuvieron la desgracia de cruzarse en su viaje hacia Comodoro Rivadavia con Eduardo Fermín Elicabe (35), custodio de una agencia de seguridad, quien se ofreció a llevarlas en su auto. Al día siguiente un tambero las encontró, a una muerta y a otra agonizando, en un camino de tierra cerca de Bahía Blanca. El asesino estuvo 13 años tras las rejas y ahora está en libertad.
MOCHILERAS ASESINADAS
Irina Montoya y María Dolores Sánchez, las jóvenes abusadas y asesinadas.

Durante la lluviosa madrugada del 18 de febrero de 1998, dos mochileras llegaron al bar de una estación de servicio ubicada sobre la ruta que conduce hacia Guaminí, un poblado del sudoeste bonaerense que apenas se distingue en los mapas. El día anterior habían partido de Rosario y pretendían llegar a dedo hasta Comodoro Rivadavia. Ahora, bajo ese temporal, solo esperaban que alguien las acercara a Bahía Blanca.

Entonces, se enfrascaron en una conversación trivial con el mozo.

En ese instante entró un camionero. Este no pudo acceder al pedido de las chicas, ya que se dirigía hacia otro lugar. Pero aseguró tener una solución al respecto. Entonces salió del local para abordar al conductor de un auto gris que permanecía estacionado junto a su propio vehículo. Y regresó con una respuesta afirmativa. Así fue como las viajeras retomaron su trayecto.

Horas después, ya bajo los primeros destellos del amanecer, un tambero las encontró tumbadas en un camino de tierra ubicado a unos 35 kilómetros de Bahía Blanca. Su primera impresión fue que ellas dormían. No era justamente así: María Dolores Sánchez, de 18 años, estaba muerta, e Irina Montoya, de 25, aún agonizaba. Habían sido baleadas. En apenas unos minutos, aquel sendero semioculto se llenó de policías. Y seguía diluviando.

EL HOMBRE DEL AUTO GRIS

Ese miércoles, Eduardo Fermín Elicabe, de 35 años, llegó a su casa de Bahía Blanca alrededor de las 6.30, tal como solía hacerlo todos los días. El tipo era custodio en una agencia de seguridad que vigilaba camiones en tránsito y tenía un horario nocturno. Primero se cercioró de que su esposa estuviese dormida y, luego, con sigilo, fue hacia la cajonera para guardar su más reciente posesión: una cámara de fotos.

También estuvo a punto de poner allí su pistola Beretta calibre 6.35, pero al final decidió esconderla en el interior de un parlante. Más que nada, para no poner nerviosa a la suegra, que acostumbraba visitar a su hija por las mañanas, mientras él descansaba. Pero en esa ocasión, el sueño no estaba entre sus prioridades. Entonces prendió el televisor. Y la imagen que emitía lo tomó por sorpresa: un plano general del lugar en el que habían sido halladas las mochileras.

El canal local transmitía la noticia en vivo. Lo cierto es que el asunto –según diría luego Elicabe– le produjo cierta pesadumbre, por lo que apagó el aparato para acostarse junto a su mujer. Y sin despertarla, le acarició el vientre. Ella estaba embarazada de casi nueve meses.

Mientras tanto, el violento fin de las dos chicas ya conmocionaba al país.

Irina falleció horas después en el Hospital Interzonal de Bahía Blanca. Y la autopsia de María Dolores reveló que había sido violada. Mucho más no se sabía. La tormenta había alterado el escenario del crimen. Por el momento los investigadores carecían de pistas.

Pero el mozo de Guaminí, Carlos Lemos, se puso en contacto con ellos tras haber visto por televisión la cobertura del caso. Por su parte, el camionero Ricardo Acuña había escuchado la noticia por radio cuando se dirigía hacia el sur del país. Y, desde luego, no tardó en recordar la gestión que hizo para que las mochileras sean llevadas a Bahía Blanca por el hombre que solía custodiar los camiones de la empresa. Entonces, no dudó en pegar la vuelta.

Elicabe fue detenido en su hogar durante el mediodía del domingo 22 de febrero. La pistola encontrada en el parlante correspondía a las balas halladas en el cuerpo de las víctimas. Y la cámara fotográfica pertenecía a Irina.

Lo cierto es que, ya alojado en la DDI, no tardó en confesar su autoría del doble femicidio. Dos años después fue condenado a prisión perpetua con accesorias por tiempo indeterminado. Desde entonces se dedicó a construir estrategias para demostrar que en realidad fue objeto de una oscura conspiración.

Eduardo Fermín Elicabe
Eduardo Fermín Elicabe

LA TEORÍA DEL COMPLOT

“A las chicas les pagaron por llevar un bolso hasta Bahía Blanca. Y ellas, al entregarlo, dijeron que habían viajado conmigo. Pero con el agravante de que yo laburaba de custodio. De ahí viene toda esta complicación”.

Elicabe desgranaba las palabras de un modo pausado y enarcando las cejas, como si aún lo asombrara esa presunta celada en la que habría caído.

“Es muy simple; todos los viajes que ellas hacían tenían algo en común: la droga. Ellas iban al Bolsón, a Misiones. Es decir, lugares vinculados con el narcotráfico, ¿entendés?”

El tipo se esforzaba en parecer convincente. Y prendía un cigarrillo tras otro. La entrevista con quien esto escribe, realizada a comienzos de 2003 para el programa "Historias del Crimen" (Telefe), se desarrolló en una oficina de la Unidad 4 de Bahía Blanca. Elicabe estaba en aquella cárcel desde 1998. Y se podría decir que su viejo oficio de vigilador privado seguía influyendo sobre su destino. Tanto es así que no disimulaba su afinidad con los carceleros. Por ello pasaba sus días en la enfermería en calidad de “refugiado”, como se les dice en el argot tumbero a los presos cuya existencia sería muy riesgosa en un pabellón común, dado que su chapa “violeta” no le jugaba a su favor.

Luego resumió el origen de su vía crucis con las siguientes palabras: “A mí me hicieron una cama”. Su fundamentación no tuvo desperdicios.

En síntesis, Elicabe trabajaba en una pequeña agencia de seguridad que durante la época más gloriosa del 1 a 1 llegaba a facturar unos inexplicables 90 mil pesos mensuales. El negocio pertenecía a un comisario exonerado de la Bonaerense. Y la relación laboral entre ambos se había tornado algo vidriosa.

En ello habría una razón: el custodio –según sus dichos– mantenía un tórrido romance nada menos que con la esposa del patrón, que además era su socia. Y él –también según sus dichos – efectuaba tareas de inteligencia para la señora, que consistían en averiguar ciertas cosas sobre las actividades del marido, con miras a un posible juicio de divorcio.

De tal manera pudo obtener informaciones que comprometían a ciertas empresas transportistas con el tráfico de drogas, lo que por otra parte habría derivado en una sangrienta interna entre las agencias de seguridad privada que actuaban en la zona.

Ese habría sido el germen de su desgracia personal. Elicabe se aferraba a dicha hipótesis como si fuera el único hilo que lo ataba a la vida. Lo cierto es que resultaba increíble su habilidad para unir datos reales, de los cuales estaba sólidamente documentado, con el andamiaje de sus fabulaciones. Tal narrativa desembocaba en la teoría del complot, cuyo eje era su antiguo empleador.

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