Blanco de la represión: por qué los estudiantes representaron más del 20% de los desaparecidos en la dictadura
TABANO SCEste 16 de septiembre se conmemoran 50 años de uno de los episodios más trágicos de la última dictadura militar: la serie de secuestros conocida como La Noche de los Lápices. Aquel operativo, desplegado en La Plata en 1976 por las fuerzas de seguridad contra un grupo de estudiantes secundarios, bajo el mando de los tristemente célebres Ramón Camps y Miguel Etchecolatz, se convirtió en uno de los mayores símbolos del impacto que el terrorismo de Estado tuvo sobre la juventud argentina.
En total 349 alumnos de enseñanza media desaparecieron durante la dictadura, una cifra escalofriante si se piensa que la mayor parte de ellos y ellas fueron además torturados y violadas. La cara más diabólica de la represión militar se expresa con todo su horror en esta estadística, que se vuelve absolutamente intolerable cuando uno entiende que las edades de todas aquellas víctimas iban desde los 13 a los 17 años.
El ensañamiento del régimen instaurado en marzo del 76 contra los jóvenes (la franja entre 13 y 25 años representa el 43% del total de los desaparecidos) no fue uno de esos "excesos" con los que intentaron excusarse tras el regreso de la democracia, sino una estrategia planificada que tuvo que ver con factores tanto locales como globales. Durante los años 60 y 70, bajo el impulso de hitos como el Cordobazo, el Mayo francés y la revolución cubana, la juventud era probablemente el gran sujeto revolucionario a nivel global. Una pesadilla para las fuerzas conservadoras de países como el nuestro, azuzadas por la cruzada anticomunista que promovía la CIA estadounidense en Latinoamérica y buena parte del mundo.
Un plan sistemático de la dictadura militar contra la juventud
Documentos de las propias Fuerzas Armadas y testimonios de los juicios contra represores coinciden en que este sector de la sociedad fue considerado un blanco prioritario por razones doctrinarias y políticas. Para la Junta Militar, el enemigo interno no era únicamente quien integraba organizaciones guerrilleras armada. De acuerdo a la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional, la "subversión" era una enfermedad ideológica que corrompía los valores tradicionales, occidentales y cristianos.
Y, en este contexto, las escuelas y las universidades eran vistas como "campos de batalla ideológicos". En 1977, el Ministerio de Cultura y Educación distribuyó el manual obligatorio “Subversión en el ámbito educativo (Conozcamos a nuestro enemigo)”. El documento explicitaba que el "daño" comenzaba en las aulas cuando los docentes sembraban el pensamiento crítico o cuando los alumnos pretendían participar.

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