En los años previos al golpe de Estado, los centros de estudiantes eran vistos por la Argentina conservadora y los militares como "semilleros" de cuadros políticos de izquierda y del peronismo revolucionario. Cortar la base estudiantil significaba abortar el relevo generacional de los proyectos de transformación social que florecieron en las décadas de 1960 y 1970.

Una "batalla cultural" saldada con sangre

Si bien la actividad política y gremial era el enemigo prinicipal, el régimen desconfiaba profundamente de la cultura juvenil en general. Hasta que la ola anti-inglesa de la Guerra de Malvinas "rehabilitó" al rock nacional, el ensañamiento de las fuerzas de seguridad se expresaba cotidianamente en las calles contra las formas de vestir, los peinados y la música. El control de la sociabilidad juvenil —prohibiendo reuniones callejeras, censurando libros, películas y discos e imponiendo códigos de conducta represivos en las escuelas— buscaba extirpar cualquier germen de rebeldía ante el autoritarismo.

Si bien La Noche de los Lápices acabó siendo el hito más difundido dentro de la cultura popular (en parte gracias al impactante filme de Héctor Olivera, de 1986), los registros confirman que la desaparición de estudiantes secundarios fue una práctica extendida, con foco particular en la Ciudad y el Gran Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Tucumán y Bahía Blanca.

De acuerdo con el informe definitivo de la CONADEP, los estudiantes conformaron el 21% del total de las personas identificadas como desaparecidas. Dentro de esa cifra, el estudiantado universitario representó un porcentaje mayoritario. Y, entre todas las casas de estudios, la Universidad Nacional de La Plata fue por lejos la más golpeada: concentra más del 70% de los estudiantes desaparecidos en el país.

Tampoco es casual: las facultades de la capital bonaerense eran los escenarios donde más se producía la mezcla de clases sociales en la educación superior, con muchísimos hijos de trabajadores llegados del conurbano bonaerense y del interior del país. Un tumor maligno para los militares, que decidieron extirparlo a sangre y fuego en lo que acabó siendo uno de los periodos mas oscuros -sino el que más- de toda la historia argentina.