Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA-UCA), titulado "Juventudes desiguales: entre la promesa y la exclusión" y correspondiente al período 2021-2025, la fragmentación del mercado laboral se agudiza al descender en la escala social: mientras que el empleo regular llega al 38,9% en el estrato medio alto, la cifra se desploma al 19,7% en el estrato muy bajo, donde el desempleo de larga duración (más de seis meses) y el empleo inestable se multiplican exponencialmente-
La transición hacia la vida adulta en el país está profundamente fracturada por la desigualdad de origen y existen factores decisivos de esta etapa como completar los estudios, independizarse y formar una familia que se desarrollan de formas drásticamente dispares dependiendo de la posición socioeconómica del hogar.
Este estudio, llevado a cabo con el apoyo de la iniciativa Vidas Desiguales, demostró que la brecha educativa constituye otro de los pilares de esta exclusión sistemática, mostrando trayectorias que parecen pertenecer a dos países distintos. Los datos del ODSA-UCA revelan que el 69% de los jóvenes del estrato medio alto inició o completó estudios superiores, en brutal contraste con menos del 10% de los jóvenes pertenecientes al estrato muy bajo. En este sector más desfavorecido, la vulnerabilidad se manifiesta con toda su fuerza: un alarmante 64,7% de los jóvenes ni siquiera ha logrado terminar la escolaridad obligatoria.
Una de las postales más dolorosas del informe es la de la desvinculación total, reflejada en el fenómeno de los jóvenes que no estudia ni trabaja (NiNi), que a nivel nacional representa al 20,7% de este grupo etario. Al desagregar esta estadística por nivel socioeconómico, la diferencia resulta demoledora: el porcentaje de jóvenes desvinculados alcanza el 34,2% en el estrato muy bajo, una proporción cuatro veces mayor que el 8,3% registrado en el estrato medio alto. Del mismo modo, la posibilidad de dedicarse de manera exclusiva a la formación académica es un privilegio de pocos, abarcando al 41,2% de la juventud de ingresos altos frente a un magro 15,6% en el extremo inferior de la estructura social.
El informe introduce además el concepto de "herencia social" para explicar el enorme peso que las condiciones laborales del hogar familiar ejercen sobre las decisiones y el destino de los jóvenes. En los hogares de estratos bajo y muy bajo, la posibilidad de dedicarse solo a estudiar se desploma del 27% al 16,5% cuando el jefe o jefa de hogar pasa de tener un empleo pleno a atravesar el subempleo o la desocupación.
No obstante, una de las conclusiones más amargas de los investigadores de la UCA es que la estabilidad laboral de los padres no basta por sí sola: incluso cuando el principal sostén del hogar cuenta con un trabajo de calidad protegido, esto no alcanza para borrar la ventaja estructural de pertenecer a los sectores de menores recursos, perpetuando las desigualdades intergeneracionales.
Finalmente, la exclusión material y laboral se traduce de manera directa en un deterioro del bienestar subjetivo, familiar y psicosocial de las juventudes. El malestar psicológico, la falta de control sobre el propio destino y la ausencia de redes de contención son realidades que golpean el doble a los sectores postergados: el malestar psíquico afecta al 28,5% en el estrato muy bajo frente al 15,5% en el medio alto, y la carencia absoluta de lazos de amistad se eleva al 15,7% en la base social frente al mero 1,7% en la cima.
En un contexto general donde el 85,5% de los jóvenes de 18 a 39 años llega al día 20 del mes sin un centavo de dinero disponible, el informe del ODSA concluyó que para revertir este escenario crítico se requiere una política integral urgente, que no solo prevenga la deserción escolar y promueva empleos formales, sino que también atienda el bienestar psicosocial y proteja la estabilidad de los propios hogares.




















