Opinión Por: TABANO SC08/11/2026

La Concordia artiguista recordada por el Papa; ahora se espera una mirada sobre su presente.

Cuando los más de cuatro mil orientales que iniciaron la epopeya conocida como el Éxodo Oriental, y que luego llegarían a ser cerca de dieciséis mil, cruzaron el río Uruguay aprovechando los pasos naturales del Salto Chico, se encontraron con un enclave estratégico. Los peñascos que impedían la navegación río arriba obligaban a las embarcaciones procedentes de Buenos Aires a detenerse allí, convirtiendo el lugar en un puerto natural de alijo donde las mercaderías eran descargadas para continuar viaje en carretas hacia distintos puntos del territorio entrerriano.

En aquel sitio subsistían las ruinas de un antiguo establecimiento jesuítico, un oratorio dedicado a San Antonio de Padua y un pequeño asentamiento indígena. Sobre ese escenario se desarrollaría uno de los capítulos más significativos de la historia rioplatense.

José Gervasio Artigas eligió inicialmente un emplazamiento cercano al Ayuí Chico. La elevación natural del terreno le permitía dominar visualmente los saltos Chico y Grande del río Uruguay y vigilar cualquier intento de avance de las tropas portuguesas. El lugar, conocido posteriormente como Naranjal de Pereda, se encontraba rodeado por una incipiente población que brindó apoyo a los exiliados orientales.

Las difíciles condiciones logísticas y la amenaza permanente de la invasión portuguesa llevaron a Artigas a trasladar pocos meses después, en mayo de 1812, el campamento hacia la desembocadura del arroyo Ayuí, en la zona actualmente conocida como Tortuga Alegre. Allí se consolidó uno de los principales núcleos de la resistencia oriental, dos décadas antes de la fundación definitiva de Concordia.

Aquella epopeya, inmortalizada en el monumento a Artigas de la Plaza Independencia de Montevideo y recordada por los uruguayos como “La Redota”, fue evocada recientemente por el papa León XIV. El Pontífice destacó que ese acontecimiento “ocupa un lugar singular en la memoria uruguaya” y recordó “a un pueblo puesto a prueba, que debió dejar atrás mucho de lo que tenía y permanecer unido en medio de la incertidumbre”.

También señaló que “en aquella multitud reconocemos algo que permanece en la vida del Uruguay: la responsabilidad de unos hacia otros, que permite a personas de distintas generaciones y condiciones continuar construyendo una historia común”, para luego expresar su deseo de que esa memoria histórica ayude a fortalecer los lazos de unidad y confianza frente a las dificultades del presente.

El Papa también rescató la dimensión institucional del ideario artiguista al recordar las palabras pronunciadas por el caudillo en el Congreso de Abril de 1813, reunido en Arroyo de la China, actual Concepción del Uruguay: “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana”.

Sobre esa frase, León XIV sostuvo que Artigas logró sintetizar “el origen de la autoridad y la responsabilidad de quien la ejerce”, reivindicando una concepción profundamente republicana y democrática del poder.

Ese legado no resulta ajeno al espíritu concordiense. La bandera artiguista, atravesada por la tradicional banda roja diagonal, forma parte del paisaje cotidiano de la ciudad y fue adoptada oficialmente por la provincia de Entre Ríos en 1987. Un año más tarde se instituyó el 19 de junio, natalicio de Artigas, como Día de la Bandera de Entre Ríos.

La historia compartida entre ambas orillas del río sigue siendo uno de los cimientos de nuestra identidad regional. Concordia fue refugio de miles de orientales desplazados por la guerra y escenario de uno de los momentos decisivos de la construcción política de los pueblos del Río de la Plata. Mucho antes de que las fronteras nacionales quedaran definidas, existía entre argentinos y orientales una comunidad de destino que las aguas del Uruguay nunca lograron separar.

Sin embargo, esa memoria colectiva parece diluirse con el paso del tiempo. Basta observar que, al cruzar el puente de Salto Grande, flamean únicamente las banderas argentina y uruguaya, mientras la enseña artiguista, símbolo histórico de la integración regional, permanece ausente. Quizás ello refleje la distancia existente entre quienes administran hoy los organismos binacionales y la historia profunda de nuestros pueblos.

Por eso, además del reconocimiento histórico expresado hacia la gesta oriental y al papel desempeñado por estas tierras entrerrianas, muchos esperan que la visita del Sumo Pontífice a la Argentina incluya también una reflexión sobre las realidades sociales que atraviesan amplias regiones del país.

Concordia continúa figurando entre las ciudades con mayores índices de pobreza de la Argentina. La pérdida de puestos de trabajo, el deterioro del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones, las dificultades crecientes para acceder a medicamentos y prestaciones básicas y la incertidumbre económica forman parte de la vida cotidiana de miles de familias.

Frente a esa realidad, la palabra del Papa podría adquirir una dimensión que trascienda la evocación histórica. Así como recordó la solidaridad y la resistencia de aquellos hombres y mujeres que siguieron a Artigas en tiempos de incertidumbre, también podría convocar a los responsables políticos y económicos a colocar nuevamente a la persona humana en el centro de las decisiones públicas.

Porque la verdadera enseñanza de aquella historia no reside solamente en la memoria de una gesta heroica. Reside, sobre todo, en la capacidad de una comunidad para no abandonar a sus miembros más vulnerables. Ese fue el mensaje que inspiró a Artigas. Y es, todavía hoy, una de las lecciones más vigentes para nuestra época.