La enfermera que cuidó a Evita en su lecho de muerte: “Yo le cerré los ojitos, ya no iba a despertar; Perón lloraba como un nene”

María Eugenia Álvarez tiene 99 años. Asistió a la Primera Dama cuando votó por primera vez y en sus últimos días, cuando el cáncer ya era irreversible

En 1951, Eva Perón fue operada de cáncer de cuello de útero. La enfermedad ya había avanzado.

La reconoció por los ojos. Algo de esos ojos verdes cautivaron a Eva Perón, que, cuando su salud se deterioraba de manera irreversible, le dijo a su marido, el Presidente de la Nación: “Que venga a la chica de los ojos verdes”. Hablaba de María Eugenia Álvarez, que en 1952 tenía 23 años y que había visto por primera vez a Evita dos años antes, en el Hospital Rivadavia, donde se formaba como enfermera.

Eva había ido a visitar a algunas trabajadoras de la salud que dependían de la fundación que llevaba su nombre y que habían tenido un accidente. Allí, en el hospital de Recoleta que quedaba a apenas metros del Palacio Unzué, Eva le estrechó la mano a María Eugenia por primera vez. Ninguna de las dos sabía lo que les deparaba el futuro: la enfermera iba a ser, algunos meses después, quien le cerrara los ojos a Eva en su lecho de muerte.

“Yo tenía la vocación de ser enfermera desde siempre. Cuando era chica a iba a la escuela, en el recreo jugaba a curar, a cuidar pacientes. Después, una hermana mía se enfermó y ahí vi de cerca el trabajo de las enfermeras, y me convencí para siempre”, le cuenta ahora María Eugenia Álvarez a Infobae. Tiene 99 años y vive en una residencia geriátrica de Monte Grande. Se puso, para esta entrevista, un pañuelo con el retrato de la mujer que protagonizó la historia argentina del siglo XX y a la que ella asistió hasta el final.

El Hospital Rivadavia fue su lugar de formación profesional y a ese equipo médico acudió Juan Domingo Perón, durante su primer mandato, cuando necesitó formar un cuerpo de enfermeras que acompañaran a Eva en un post-operatorio complicado.

En 1950, la habían operado por una supuesta apendicitis que resultó un mal diagnóstico. En 1951, sin que Eva conociera su escenario real de salud, le hicieron una cirugía para frenar el avance del cáncer de cuello uterino que tenía, pero ya no había casi nada por hacer. Ese post-operatorio fue la primera vez que María Eugenia cuidó a Evita.

“A mí me dijeron, en el Rivadavia, que al día siguiente iba a empezar a asistir a la esposa del Presidente de la Nación. Yo me lo tomé como la responsabilidad más grande de mi vida, y con mucha seriedad, porque era nada menos que la Primera Dama. No diría que la cuidé diferente que a otro paciente, porque al paciente, sea quien sea, siempre hay que cuidarlo al máximo. Pero sí sabía que esto implicaba otra responsabilidad, y que tenía que ser muy reservada porque estaba nada menos que con el Presidente y su esposa”, se acuerda María Eugenia.

Cuidó a Eva Perón después de la cirugía gineco-oncológica que le hicieron en el Hospital Policlínico de Avellaneda. En esa operación, intervino el oncólogo estadounidense George Pack, un especialista de renombre internacional convocado por el Presidente y su equipo médico sin que Evita lo supiera. La cirugía fue el 6 de noviembre de 1951 y los médicos encontraron un cáncer más avanzado del que esperaban: el pronóstico no era bueno.

Cinco días después de esa operación, la Argentina vivía una jornada histórica: las mujeres estaban habilitadas para votar por primera vez. Eva Perón había sido la referente máxima de la lucha por ese derecho. La cara visible de una conquista que ya había sido impulsada desde otros sectores a principios del siglo XX, pero que finalmente empujó -y capitalizó- el peronismo. Así que, aunque estaba internada, no emitir su voto no era una opción.

“Yo le sostuve la urna para que votara. Había mucha emoción ese día. Todos querían tocar la urna en la que Eva había votado, y ella sabía que era un día histórico. Yo también voté, a Perón, porque ellos habían conseguido que las mujeres votáramos”, recuerda María Eugenia, que trabajó en el Hospital Rivadavia hasta jubilarse y que estuvo, por pedido de Evita, a cargo de la Escuela de Enfermeras de la Fundación Eva Perón. “Formamos enfermeras para que fueran a los hospitales que se estaban construyendo en la Provincia y en otros lugares más lejanos, como Chaco y otra provincia que, a los 99 años, no me acuerdo”, se ríe Álvarez.

Evita votó por primera vez en medio de su internación, en noviembre de 1951: le llevaron la urna al hospital.

Se acuerda de que, por esos años, los sanatorios iban en busca de esas enfermeras que se formaban en la fundación. “Pero la prioridad eran los hospitales”, repite incansablemente. Y busca en su cabeza, pero no le sale el nombre de la otra provincia a la que viajaron las nuevas trabajadoras de la salud tras tres años de formación.

Perón ganó las elecciones en las que participaron por primera vez las mujeres con más del 60% de los votos. Su segundo mandato se ponía en marcha, y la salud de su compañera se deterioraba velozmente.

Los días finales

“Ya en 1952, me volvieron a convocar. Me dijeron que, en vez de ir al Rivadavia como siempre, tenía que presentarme en el Palacio Unzué, que era donde funcionaba la residencia presidencial. Me avisaron de un día para el otro, así que no tuve ni siquiera tiempo de ponerme nerviosa. Al otro día, bien temprano a la mañana, estaba ahí. Después supe que Evita me recordaba por mis ojos, que había pedido a ‘la enfermera de los ojos verdes’”, cuenta María Eugenia.

Eva, cuyo cáncer ya había hecho metástasis y le provocaba dolores que sólo se calmaban un poco con inyecciones de morfina, estaba acompañada durante todo el día por alguna enfermera. Eran tres las que se turnaban para brindarle los cuidados requeridos.

“Yo estaba con Evita a la mañana, pero a disposición todo el día. Ella no tenía la información concreta sobre su estado, pero sabía que estaba mal, lo intuía, era vivísima. Los últimos días tenía perfectamente claro lo que estaba pasando. Yo le decía que ya se iba a poner mejor, pero ella me decía que no, que se estaba yendo”, se acuerda Álvarez.

María Eugenia conservó un portarretrato con una foto de la época en la que Eva actuaba. Foto: Maximiliano Luna

“Ella no paró de trabajar hasta el final. Se levantaba de la cama todo lo que podía, aunque los médicos le indicaran el mayor reposo posible. Y cuando ya no se podía levantar, organizaba todo desde la cama, sobre todo lo que tenía que ver con el trabajo de la fundación. Estaba pendiente de cómo estaba Perón y de qué iba a pasar con los más desamparados. ‘Cuiden a los más pobres, no me los abandonen’, decía todo el tiempo”, recuerda María Eugenia.

Según reconstruye, ella reportaba sobre la salud de Eva a los médicos y también a Perón, “que estaba completamente pendiente y que no quería que se le revelara el diagnóstico terminal a Evita, aunque ella entendía perfectamente lo que estaba pasando, era vivísima”.

“Yo insistía en decirle que ya se iba a poner bien, porque era la instrucción que debíamos seguir, pero ella en un momento empezó a decir que ya sabía que se iba. En ningún momento aflojó ese carácter firme y para adelante que ella tenía, mantuvo eso hasta el final”, dice María Eugenia, que cada mañana volvía a la residencia de Recoleta. Allí, Evita había sido trasladada a una especie de vestidor contiguo a la habitación del Presidente.

La Primera Dama quería estar lo suficientemente cerca de Perón, pero sin que la atención médica constante que ella requería interrumpiera el descanso del máximo mandatario. Por eso no aceptó que su cama se instalara en el cuarto en el que dormía el General. Allí, Perón la visitaba tres veces al día: antes de ir a la Casa Rosada, al volver de allí y justo antes de dormir.

El 26 de julio de 1952, hace exactamente 74 años, Eva Perón entró en coma un rato antes del mediodía. El cáncer había avanzado tanto que ya no había nada que los médicos pudieran hacer. “Yo le cerré los ojitos. Lo más suavemente que pude, apoyé mis dedos y cerré sus ojos porque Evita ya no iba a despertar”, dice María Eugenia, y el recuerdo de esas últimas horas de vida de la mujer que protagonizaba la vida política argentina la vuelve a estremecer.

El funeral de Evita reunió a miles de personas en Buenos Aires.

Eva murió unas horas más tarde. La radio anunció que a las 20.25 de ese 26 de julio había muerto la “Jefa Espiritual de la Nación”. “Perón lloraba como un nene, no tenía consuelo. Me dijo ‘¡qué solo me quedo, Eugenita’”, reconstruye Álvarez.

“Después la arreglaron para la despedida pública a la que vinieron miles y miles de personas. La verdad es que no hacía falta pintarla ni nada; Evita era hermosa a cara lavada”, dice la enfermera que la ayudó a votar y que la acompañó a morir. Esa noche, la del 26 de julio de 1952, volvió a su casa. Un tiempo después, su hermana Rita moriría del mismo cáncer que Eva. María Eugenia cuidó de sus sobrinos, que ahora cuidan de ella.

Volvió al Hospital Rivadavia, en el que trabajó durante décadas hasta jubilarse. A los 99 años, se acuerda de mucho, pero sobre todo de esas horas definitivas en las que acompañó a Eva y consoló a Perón.

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