Concordia Por: TABANO SC14/06/2026

Un posteo que incomoda: cuando una ciudad se mira al espejo y no le gusta lo que ve

El mensaje que la terapeuta Yanina Tamaño publicó este sábado en Facebook no es uno más dentro del ruido cotidiano de las redes. Su texto, que rápidamente se viralizó, funciona como una radiografía emocional de Concordia: una ciudad golpeada, cansada y, según su mirada, anestesiada frente al deterioro social que avanza sin pausa

Tamaño no escribe desde la militancia ni desde la política partidaria. Lo hace desde un lugar más incómodo: el de la ciudadanía que observa, que padece y que ya no encuentra consuelo en los discursos oficiales. Su crítica no apunta a un gobierno en particular, sino a un sistema que —según plantea— ha convertido la promesa en rutina y el olvido en método.

La autora describe una ciudad donde las veredas son escenarios de supervivencia, donde el hambre dejó de escandalizar y donde la política se volvió un teatro previsible, con actores que discuten para la platea mientras comparten camarín. Su texto interpela porque no señala únicamente a quienes gobiernan: también cuestiona a quienes miran hacia otro lado, a quienes se acostumbraron a la sombra de la crisis como si fuera parte natural del paisaje.

En un contexto donde las calles vacías del centro se leen como síntoma de una economía exhausta, Tamaño propone otra interpretación: no es rebeldía, es resignación; no es protesta, es costo de vida. Y en esa lectura, la indiferencia social se vuelve un problema tan grave como la falta de respuestas políticas.

Su posteo, duro y poético a la vez, no busca ofrecer soluciones. Busca sacudir. Recordar que detrás de cada estadística hay un plato vacío, un cuerpo cansado, una dignidad vulnerada. Y que la verdadera decadencia no siempre empieza en los números: empieza cuando una comunidad deja de conmoverse.

El texto completo del posteo

“Hay ciudades que mueren de un bombazo. La nuestra eligió una muerte más elegante: la anestesia. Las veredas ya no son caminos; son el escenario donde desfilan los sobrevivientes de un banquete al que nunca fueron invitados. Zombies entre bolsas de residuos que convirtieron en góndolas de la desesperación. El hambre aprendió a vestirse de rutina para no incomodar a los poderosos.

Los palacios del poder siguen iluminados mientras el pueblo aprende a caminar a oscuras. Cambian los nombres en las oficinas, cambian las banderas, cambian los discursos, pero el mecanismo permanece intacto: el ciudadano paga y el Estado promete; el ciudadano espera y el Estado olvida. Y ese olvido es violencia.

Las calles vacías del centro NO son un gesto de rebeldía y resistencia. Están vacías porque salir cuesta. Porque hasta respirar parece tener tarifa. Porque el relojito del recaudador marca cada minuto con la precisión de un verdugo que cobra por la sombra que proyectamos sobre la vereda.

La política se parece cada vez más a un teatro donde los actores fingen pelear mientras comparten el mismo camarín. Discuten delante de las cámaras y se abrazan detrás del telón, mientras abajo, en la platea, el público vende los asientos para poder cenar. Que hace la oposición? Y nosotros seguimos financiando la función. Pagamos impuestos como quien deposita monedas en una fuente con la esperanza de que ocurra un milagro, aunque el agua hace tiempo que dejó de correr y las monedas solo sirven para revestir el fondo de la mentira.

El verdadero patrimonio de un pueblo no son sus edificios ni sus balances: es la dignidad de quienes lo habitan. Cuando esa dignidad se negocia, se posterga o se arroja al cesto junto con los desperdicios.

Ningún gobierno puede llamarse exitoso y ningún dirigente puede declararse inocente. ¡Ninguno es ninguno!

Porque la historia, tarde o temprano, deja de escuchar los discursos y empieza a contar los platos vacíos. Y, sin embargo, la responsabilidad no pertenece a un solo color político ni a una sola gestión. Es una deuda acumulada por quienes, desde distintos gobiernos y partidos, olvidaron que administrar lo público significa custodiar el bienestar común. Los impuestos no son un tributo al poder; son un mandato para que ese poder garantice calles sanas y vivas, hospitales dignos, oportunidades, trabajo y esperanza.

Tal vez el mayor fracaso no sea económico, sino moral: acostumbrarnos a convivir con el sufrimiento ajeno como si fuera parte inevitable del paisaje. Caminamos hacia una sociedad que naturaliza la exclusión y perdiendo también su propia humanidad.

Atte. Yo misma.”**

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