El teléfono resultaba algo que había que cuidar. Recuerdo que en mi hogar se tenía en un lugar de no fácil acceso. De manera que a los niños ni se nos ocurriera intentar jugar con tan valioso instrumento.
Hacer lo que se denominaba “llamada de larga distancia” era algo “para los ricos”, afirmaban nuestros mayores. Y tenían razón. No estoy refiriéndome a buscar comunicarse desde la Argentina con Europa o los Estados Unidos ni a la Unión Soviética. “Llamada de larga distancia” también era una comunicación desde la Ciudad de Buenos Aires a Mar del Plata. “Pero si eso es aquí cerquita, apenas 400 kilómetros”, me dirá el lector joven, sorprendido. ¡Pues no! El trámite tampoco era inmediato. Había que marcar el 0 (operadora) quien le indicaría cuánto habría de demorar en hacerse la comunicación. Lo usual, para una llamada de Buenos Aires a Mar del Plata… ¡eran unas cuatro horas! De manera tal que había que permanecer cerca del aparato no fuera a ser que sonara la campanilla y no estando alguien cerca se perdiera la ocasión. Entonces, de nueva a llamar a la operadora de larga distancia y otras 4 horas de espera…
El precio también era muy elevado. Por ejemplo, si se estaba en San Salvador de Jujuy, era mejor enviar un telegrama a Buenos Aires que querer hablar por teléfono. La diferencia de precios era sideral.
Al menos, las llamadas locales no tenían costo, estaban incluidas en el abono mensual. Interesante esto también. La mensualidad no se pagaba en bancos, ni nada de eso. Una persona pasaba, tocaba el timbre… era el cobrador. Entregaba una papeleta y a él se le abonaba en efectivo. Con el tiempo, esta persona empezó a ser acompañada por un agente de policía. Para evitar los robos que habían comenzado a hacerse frecuentes. Lo mismo sucedía con el cobrador de la electricidad y de Obras Sanitarias de la Nación.
Todo esto no ocurrió – vuelvo a recordar – hace un siglo… 50 años atrás acontecía.
Las cosas volvieron a modificarse más recientemente. Ahora todas las llamadas había que pagarlas según el tiempo de uso. Aunque fueran locales. Hubo que cuidarse más del tiempo de extensión de cada comunicación. Pues uno se arriesgaba a que llegaran facturas abultadas. Pero ya se pagaban en los bancos.
Pasaron unos años y aparecieron los primeros teléfonos inalámbricos. De cierto tamaño, es verdad, pero ya se podía andar por las calles comunicados. Y de allí a los actuales celulares el lapso fue breve. Hoy puedo hacer una videollamada por Whats App desde Buenos Aires a Madrid, de una hora de duración… ¡y no pago ni un peso más por ello!
Hace un mes di de baja al teléfono de línea que aún estaba en casa. Resultaba totalmente inútil habida cuenta del pequeño y útil aparato que suelo llevar en un bolsillo de mi saco. Fue el réquiem para el teléfono de casa.
Todo aconteció durante una parte de mi vida. Gran verdad que somos quienes estamos transitando – en una existencia – más modificaciones tecnológicas que en toda la Historia de la Humanidad.
Claro que todo hace pensar que la cosa no terminará aquí. Los actuales popes de las comunicaciones ya adelantaron que están trabajando en modelos tales que serán chips implantados en el cerebro, a través de actos quirúrgicos mínimos, y que podremos hablar con quién se quiera en el mundo, así como también vincularnos con nuestras computadoras. Pienso lo que necesito, el chip actúa y con eso alcanza. Suena a ciencia ficción. Es cierto. Como también les pareció a mis padres cuando se informaron de que las empresas estaban probando los primeros teléfonos inalámbricos que cualquiera podría llevar a donde fuera.
La imaginación humana no se detiene. Nuestra creatividad tampoco. Y como ya hace tiempo dijo un filósofo: “Todo lo que el humano imagine habrá de convertirse en realidad en algún momento.”