El diagnóstico
El ya famoso libro de Byung-Chul Han La sociedad del cansancio se titula originalmente en alemán Die Müdigkeitsgesellschaft. La traducción española que tengo en mano (Herder, 2025) es bien literal, pero me parece que el título no alcanza a transmitir por completo el sentido que el filósofo surcoreano quiere darle a esa expresión. Para nosotros, el cansancio suele asociarse, en primer lugar, con el desgaste físico; estamos cansados después de trabajar, de hacer deporte o de realizar un esfuerzo importante. Lo que describe Han, sin embargo, se parece más a una fatiga profunda, a un abatimiento espiritual o a un agotamiento anímico y existencial.
En este sentido, la traducción inglesa, The Burnout Society, aunque menos literal, resulta mucho más expresiva porque burnout no designa simplemente a alguien cansado, sino a una persona consumida, extenuada, “quemada” por una forma de vida. La versión inglesa sacrifica la literalidad, aunque acierta mucho más en el espíritu del libro. Han no está hablando, al modo cartesiano, solo de cuerpos que necesitan dormir, recostarse o dar una vuelta a la manzana, sino también de almas agotadas, del ser humano entero que comienza a perder el propósito, el sentido y la esperanza; y esto es muy característico de nuestra época.
No significa que nuestros padres y abuelos sufrieran menos o que después del trabajo no terminaran cansados e incluso completamente extenuados. La diferencia quizá no consista en la intensidad del esfuerzo, sino en la posibilidad de encontrar límites, pausas y rituales compartidos. Es que el de ellos era un cansancio, ante todo, físico y podía convivir con cierta apertura hacia el mundo.
Todavía se ve algo de eso en los pueblos: después de una ardua jornada de trabajo, alguien se sienta a mirar el horizonte, observa una planta del jardín o simplemente conversa con un vecino en la vereda. No está produciendo nada, pero tampoco está vacío. Su cansancio puede abrir un espacio para la contemplación, para el asombro y hasta para el diálogo consigo mismo y con los demás. Este cansancio –dice Han– inspira, “deja que surja el espíritu”.
El agotamiento es otra cosa; es una fatiga del yo, de la propia existencia. No nos reúne alrededor de una mesa ni nos lleva a compartir el silencio. Es un cansancio solitario que individualiza, aísla y desune. Nos deja sin habla, y ese quedarse sin habla conlleva la imposibilidad del diálogo y por ende el resquebrajamiento de la comunidad.

















