El matrimonio argentino que dio la vuelta al mundo dos veces en su avión monomotor: 261 días, 481 horas de vuelo y 106.711 kilómetros
Claudio Robetto y Betina Raimondi están casados hace 36 años y se animaron a la travesía en un Mooney M20J, modelo 1978. Los conocen como "Aventureros del aire", despegaron en 2023 y repitieron el viaje en 2026, pero con otro itinerario.
"El amor está en el aire", decimos muchas veces en sentido metafórico, pero en este caso es literal. Betina Raimondi, de 62, y Claudio Robetto, de 70, están casados hace 36 años, son padres de seis hijas y son conocidos en sus redes sociales como "Aventureros del aire".
Recién llegado a tierra firme, el matrimonio argentino charló con Clarín. Desde su casa en Mar del Plata relataron las experiencias de su segunda vuelta al mundo a bordo de su avión monomotor, un Mooney M20J modelo 1978.
"Claudio es el piloto y yo sería la azafata", expresa Betina, ingeniera agrónoma de profesión, actualmente jubilada. Desde el asiento de copiloto se encarga de los snacks para el vuelo, ceba los infaltables mates y hace gran parte del registro audiovisual que se puede ver en su galería de Instagram y su canal de YouTube (siempre bajo el usuario @Aventurerosdelaire).
Detrás de aquellas postales entre las nubes hay muchos esfuerzos conjuntos: trazar el plan de vuelo, chequear la meteorología, las condiciones técnicas de la aeronave, toda la documentación necesaria para presentar en cada aeropuerto, el equipaje, el presupuesto, las reservaciones a alojamientos en diferentes países y la lista continúa.
Antes de despegar también encaminan algunas cuestiones laborales del emprendimiento familiar de producción de harina sin gluten. Una de sus hijas lleva las riendas de la empresa desde hace tres años, cuando encararon su primer viaje de larga duración.
Betina y Claudio Robetto, los "Aventureros del aire". Foto: Gentileza
Del sueño a la realidad
La pareja se conoció a fines de 1989 en la costa marplatense, de donde Claudio es oriundo. Betina vivía en La Plata, pero había ido de vacaciones a un hotel que atendía la familia de su futuro marido y el flechazo fue a primera vista.
"En esa época yo volaba como piloto privado, así que cuando empezamos a salir la invité a volar y tomar un café al aeropuerto, un levante bastante rebuscado, que por suerte funcionó", rememora Claudio con humor.
Él tenía 34 y ella 23 cuando se pusieron de novios. Tras cuatro meses de noviazgo dieron el "sí, quiero" en La Feliz. Formaron una numerosa familia de seis hijas: Josefina, Martina, Valentina, Delfina, Carolina y Justina.
"Después de ser papá solo volaba de forma ocasional en aviones alquilados y trabajaba como ingeniero, pero después las chicas fueron creciendo; ya están todas grandes, una incluso vive en España y somos abuelos de dos nietos", comenta Claudio, que aunque ejercía como ingeniero metalúrgico estaba decidido a retomar aquella pasión aeronáutica.
"Mi papá, José Pino Robetto, fue piloto en la Segunda Guerra Mundial por Italia", revela. Sirvió a la Fuerza Aérea Italiana desde los 19 años y a los 20 ya era piloto de caza en combate en el frente africano.
Cuando la guerra por fin terminó, vino a la Argentina por una oportunidad de trabajo y al poco tiempo conoció a la madre de Claudio.
"A mí siempre me gustó volar, pero mi papá no quería que yo me dedicara a esto", confiesa. Su padre falleció en 1984 a los 64 años. Dos años después de su partida, Claudio hizo el curso de piloto en Miramar.
En 2001 también completó el curso teórico de piloto comercial en Tandil. Betina trabajó en un laboratorio como ingeniera, hasta que decidieron emprender juntos y se adentraron en la producción agroindustrial.
Mucho después se formó como coach ontológica y sintió que era un buen momento para animarse a retomar proyectos que los entusiasmaban.
Hace tiempo venían hablando de comprar un avión pequeño para poder volar juntos. Ahorraron durante años y finalmente concretaron la compra a distancia de una avioneta, que seis meses después fueron a buscar a Estados Unidos.
"El avión era muy chiquito, revestido con tela, iba uno adelante y otro atrás, y nos llevó otros dos meses traerlo a Argentina", cuentan.
En 2019 tenían un blog donde contaban sus experiencias de vuelo y compartían información para que otros viajeros de la comunidad aeronáutica sobre pistas de aterrizaje y otros datos útiles.
Otro matrimonio aviador, compuesto por Alex Gronberger, argentino, y Martina Kist, holandesa, los contactó, porque se sintieron identificados con su historia.
Los invitaron a pasar un fin de semana en su casa de Santa Teresita y hacia allá fueron. Ese encuentro fue donde la idea, que parecía épica e inalcanzable, se gestó.
Los cuatro soñaban con lo mismo: dar la vuelta al mundo. En 2021 Gronberger y Kist fueron los primeros en conseguir la hazaña con un avión con matrícula argentina. Betina y Claudio son los segundos.
Habían ahorrado durante otros tres años para poder comprar el Mooney M20J, modelo 1978, con capacidad para cuatro personas y mucho más adecuado para el recorrido que afrontarían.
Antes de despegar en su avión, un Mooney M20J, modelo 1978. Foto: IG @aventurerosdelaire
El 21 de mayo de 2023 despegaron desde el Aeroclub de Batán, al sur de Mar del Plata. Pasaron por la provincia de Córdoba, hicieron escala en Brasil y continuaron por Venezuela hasta Estados Unidos, Canadá, Groenlandia, Escocia, Inglaterra, España, Italia, Alemania y Rusia.
Durante 124 días recorrieron 60.000 kilómetros con un total de 270 horas de vuelo. "La experiencia que tuvimos en el 2023 fue realmente muy linda, conocimos muchas personas de diferentes países y además pudimos ir a conocer a nuestro primer nietito en España", relata Betina.
Para Claudio fue muy especial poder visitar el cementerio donde descansan los restos de su padre en Italia. "En todo el viaje pensé en él, sentí que charlaba con mi papá y le decía: ‘Viste, ¡estoy dando la vuelta al mundo!'", reconoce.
Los vuelos tuvieron un promedio de ocho horas por jornada. El más largo fue de 1.200 kilómetros, entre Islandia y Noruega, de 10 horas de duración.
En aquel momento, en medio del conflicto bélico que persiste, atravesar Rusia les llevó 20 días en total. Hicieron paradas en ocho ciudades rusas que los dejaron obnubilados.
En algunos trayectos hubo turbulencias por tormentas y lluvias fuertes, además de baja visibilidad, pero el momento de mayor temor que siempre tratan de evitar es el principio de engelamiento, cuando se forma hielo sobre las alas del avión.
La estampita de la Virgen de Loreto, la virgen de los aviadores, siempre los acompaña en la cabina. "A mí volar varias horas sobre el agua me da mucho temor, así que aprendimos también a encontrar alternativas para ir la mayor cantidad de tramos por tierra", revela Betina.
"Esa primera vuelta al mundo la disfrutamos mucho, pero también estábamos preocupados por llegar a la escala siguiente, por toda la logística, y cuando llegábamos a un lugar ya estábamos pensando en el siguiente", reflexiona.
Con todos los aprendizajes y las millas acumuladas, cuando nació su segundo nieto se replantearon la posibilidad de volver a volar y concretar otra vez la travesía mundial. Esta vez pudieron hacerla más tranquilos, hicieron más turismo y pasaron tiempo con referentes de la aviación en lugares remotos.
La segunda vuelta al mundo
El 17 de abril de 2026 despegaron desde Mar del Plata y regresaron el 1° de septiembre de 2026. En total, el viaje duró 137 días, 211 horas de vuelo y recorrieron 46.711 kilómetros.
"De todos nuestros viajes fue el más extenso, porque estuvimos dos meses en la casa de nuestra hija en España para disfrutar a nuestra nieta recién nacida y a nuestro otro nieto, que ya tiene dos años y medio", dicen con ternura.
En rojo, la ruta que hicieron en esta segunda vuelta al mundo en 2026. Foto: Gentileza Claudio Robetto
Los dos integrantes más pequeños del familión que formaron ya tienen sus mini remeras de Aventureros del Aire. Después de disfrutar a pleno del abuelazgo, acondicionaron el Mooney para la siguiente etapa viajera.
"Nuestra primera cruzada sobre el agua del Atlántico había sido durante 12 horas y media desde Cabo Verde a João Pessoa, Brasil, y para eso le adicionamos al avión un tanque de combustible extra", detallan.
Disponen de autonomía para 19 horas, pero nunca llegaron a estar tanto tiempo en el aire. El vuelo más largo fueron 15 horas. "Este año decidimos que el cruce para Europa fuera diferente", revela Betina.
"A mí tantas horas sobre el agua me da temor, así que analizamos otras posibilidades y decidimos ir por tierra por Bulgaria, Kazajistán, Rusia y el estrecho de Bering, así también conocíamos nuevos países", cuenta.
Solo una vez tomaron un avión de línea, en Bulgaria, rumbo a Estambul, para pasar cuatro días de turismo en Turquía. "Después fuimos a Kazajistán, donde nos encontramos con un matrimonio amigo que vive ahí hace muchos años", comentan.
"Esta segunda vez entramos a Rusia por Barnaúl y estuvimos en casa de una familia rusa", relatan. No se conocían personalmente hasta ese momento, pero habían charlado a través de las redes sociales desde que se viralizó su primera vuelta al mundo.
"Cuando se enteraron de que volvíamos a Rusia se ofrecieron a alojarnos en su casa tres días. Fue muy divertido, ella habla algo de inglés, pero de español nada; nos encanta conocer personas de otros lugares y las diferentes culturas, que ellos mismos nos muestran", celebran.
Su siguiente vuelo fue con destino a Magadán. "Ahí nos esperaban otros amigos, a quienes conocimos en 2023, Ekaterina y Konstantin, que ahora son padres de su bebé Vladimir, de un año y medio, y nos alojaron en su departamentito bien soviético, con vistas a la bahía Nagayev del Mar de Ojotsk", detallan.
"También fue muy lindo compartir con ellos", expresan. Entre escala y escala, volvían a la convivencia matrimonial en el aire. "El avión es muy chiquito, no nos podemos enojar mucho porque estamos uno al lado del otro, así que las reconciliaciones son rápidas", dicen entre risas.
El idioma universal de la amistad
Más adelante, en su escala en El Salvador fueron a visitar al aviador salvadoreño Carlos Dardano, piloto del vuelo Taca 110, que en 1988 realizó un milagroso aterrizaje en un campo de Nueva Orleans después de que fallaran los dos motores de un avión comercial.
"Era un vuelo con 47 pasajeros y siete tripulantes y no hubo víctimas fatales, una maniobra muy parecida a la de Sally Sullenberger en el río Hudson", indica Claudio.
Sonrisas en el aire: Claudio Robetto y Betina Raimondi. Foto: Gentileza
"Es un referente que queríamos conocer. Le escribimos y nos recibió en su casa, algo que nos llevamos en el corazón", dicen con gratitud. También en el norte de Alaska fueron a conocer a otro piloto, Art Mortvedt, reconocido por haber volado en ambos polos de la Tierra, norte y sur, en un avión Cessna 185 de color naranja brillante.
"Él también nos hospedó en su casa, en un pueblito de 70 habitantes. Incluso compartimos un cumpleaños de 80 años de una amiga de ellos, donde obviamente estaba casi todo el pueblo", rememoran con humor.
Junto al piloto Art Mortvedt y su familia en Alaska. Foto: Gentileza Claudio Robetto
"Son experiencias muy lindas que nos nutren el alma y es increíble las amistades que surgieron con personas con las que ni siquiera hablamos el mismo idioma", define Betina.
Alaska la vez pasada les había quedado pendiente porque no habían podido visitar mucho. Esta vez pudieron sobrevolar los glaciares por la costa cuando iban hacia Arlington, en Seattle, estado de Washington.
"Las vistas son hermosas. El silencio y la calma que sentimos en ese momento nos encantó. No había viento, el avión se deslizaba perfecto y lo disfrutamos mucho", cuentan.
Las alas del avión mientras sobrevolaban los glaciares de Alaska. Foto: Gentileza Claudio Robetto
Después de reunirse con dos matrimonios argentinos que viven en Arlington, siguieron viaje a San Francisco para arreglar un problema técnico del avión.
"Nos pasó que el cono de la hélice había tenido una rajadura. Nos habían aconsejado sacar el cono porque si se termina de romper en el aire en vuelo se desprende, puede dañar la hélice y eso sería fatal", explican.
Los tres vuelos que hicieron a San Francisco, Sedona y Texas, volaron sin el cono. "Levantaba temperatura porque el cono cumple una función; si bien no era peligroso, nos dificultaba un poco el vuelo", indican.
Uno de los aviadores que los sigue en Instagram hace tres años, de unos 60 años, está en pareja con una venezolana y vive en Texas. "Ellos compraron un avión igual al nuestro y están planeando dar su vuelta al mundo", comentan.
Betina y Claudio tenían que mandar el repuesto del cono a algún lugar y aquella dupla de seguidores se ofreció a recibirlo en su casa. Compartieron dos noches con ellos y surgió otra gran amistad.
Desde Texas atravesaron el Golfo de México e ingresaron a Guatemala, de Guatemala a El Salvador, de El Salvador a Panamá, y de Panamá a Ecuador, después sobrevolamos Perú y Chile.
En Chile fueron a Viña del Mar para conocer a la abuela voladora María Eliana Christen, de 87 años. "Con otra amiga piloto, Madeleine Dupont de Bock, en 2004 cruzaron desde el Atlántico a África, dieron la vuelta por Europa y volvieron por el Ártico en un avión monomotor muy parecido al nuestro. Tenían 60 y 64 años en ese momento", indican.
"Su aporte a la aviación chilena fue muy importante, siendo dos mujeres, con todas las limitaciones de aquella época. Su amiga voladora falleció el 25 de marzo de 2024. Fue divino estar con María Eliana, porque sentíamos que compartíamos la misma aventura", manifiestan con entusiasmo.
Claudio y Betina junto a la "abuela voladora" María Eliana Christen, ícono de la aviación chilena. Foto: Gentileza
En Guatemala conocieron las ruinas del Tikal y les encantó. "Después en Panamá, que nunca habíamos visitado, fuimos al canal y pudimos ver el paso de un buque", relatan.
"Conocimos diferentes lugares del mundo, hicimos amistad con distintas personas, atravesadas por sus historias particulares, pero lo maravilloso es que todas tienen las mismas incertidumbres", reflexiona Claudio.
"Es como el agua, en la superficie por ahí hay diferencias, pero en el fondo todos tenemos los mismos anhelos, las mismas inquietudes, miedos y preocupaciones.
El ser humano es muy parecido en los defectos, las virtudes, anhelos de felicidad, de progresar, y lo más hermoso es conocer las historias detrás de cada persona.
Conocimos diferentes lugares del mundo, hicimos amistad con personas atravesadas por sus historias particulares, pero lo maravilloso es que todas comparten las mismas incertidumbres
"Conocimos gente muy buena, solidaria, sensibilizada por el tipo de viaje que estábamos haciendo, que veníamos de la Argentina, y la camaradería aeronáutica es hermosa, siempre nos han ayudado, recibido, asesorado", agradecen.
El percance en Rusia
En esta segunda vuelta al mundo, a diferencia de la anterior, tuvieron acceso a internet vía Starlink. "Pudimos hacer videollamadas con nuestra familia, escuchar música y sobre todo nos facilitó mucho chequear la meteorología en tiempo real, lo que nos dio bastante tranquilidad", comenta la copiloto.
"Si bien pasamos algunos momentos difíciles por riesgo de engelamiento, lo resolvimos con las herramientas que teníamos", detallan. Otro de los inconvenientes que sortearon ocurrió mientras sobrevolaban Rusia.
"No teníamos internet porque cortan todo por la guerra. Incluso nos quedamos sin GPS en varios lugares donde cancelan la señal, pero volamos con radioayuda y los controladores aéreos rusos son muy colaboradores", manifiestan.
"El único momento un tanto intimidatorio fue a la salida de Rusia en los controles migratorios del aeropuerto militar, donde tuvimos un pequeño interrogatorio con un agente de seguridad ruso que nos preguntó por qué habíamos vuelto por segunda vez", revelan.
"La peor parte de estos viajes es pedir los permisos, la burocracia cada vez que llegás, pero estamos con un poco más de paciencia, sobre todo yo, que la pierdo fácilmente", dice Claudio.
Esta vez incluso les pidieron sus celulares y sus claves, ingresaron a su galería de fotos y comprobaron la naturaleza social del proyecto de Aventureros del Aire. Tras dos horas de espera, pudieron avanzar y se prepararon para volar a Alaska, pero la meteorología no acompañaba.
"Tuvimos que pasar un cordón montañoso y nos agarró hielo en las alas, ahí estuvimos preocupados. Pasamos esa zozobra y aterrizamos en Anchorage", rememoran.
No tenían a dónde ir a dormir, así que descansaron en los bancos del aeropuerto. "Betina tiene un reloj interno que te marca el estrés y estaba al límite", dice Claudio con humor.
Mates en el aire, el complemento infaltable del matrimonio argentino que surca los cielos alrededor del mundo. Foto: Gentileza
Cuando el mal clima pasó fueron a conocer dos ciudades, Homer y Sitka, donde recuperaron fuerzas para volver al avión. Ya en la etapa final del viaje, llegaron a Ecuador, donde los recibieron varios pilotos ecuatorianos.
"Fuimos a una cena todos juntos y uno de ellos cuando escuchó que Claudio había comprado su avión a los 60 años no lo podía creer", explica Betina.
"La gente piensa que después de los 60 ya no puede encarar ningún proyecto, como que la vida ya está, que se llega a una edad donde solo hay que sentarse a contemplar y nosotros a aquellos que tienen tareas pendientes siempre les decimos: ¿por qué no intentar?", aseguran.
Betina y Claudio Robetto cuentan su historia: "Buscamos desmitificar nuestras travesías"
A veces han dado charlas a jóvenes que están estudiando para ser pilotos, a punto de obtener sus licencias. "Nos escuchan y dicen: 'Me encantaría hacer lo que están haciendo ustedes', y Claudio siempre les dice: 'Bueno, tenés un montón de tiempo para aprender, ahorrar, para todo'", explica.
"Siempre tratamos de desmitificar nuestras travesías. Hay mucha gente que vuela y conocemos personas que han dado la vuelta al mundo solamente con sponsors, sin haber puesto dinero, porque no lo tenían", expresan.
Aunque en sus redes a veces llegan comentarios negativos, aseguran que la mayoría son positivos. "Lo negativo suele ser por desconocimiento o por prejuicio, pero realmente nos llenan de mensajes lindos: nos dicen mucho que viajan con nosotros y nosotros también lo sentimos así, es como que estamos acompañados por todos los que nos siguen en cada viaje", garantizan.
Al relatar su experiencia abren una ventana al mundo también a lugares menos promocionados o menos conocidos. "Los amigos que vamos haciendo nos transmiten el amor por sus lugares con mucho corazón, comidas caseras y algunos hasta se aprenden frases en español para recibirnos", cuentan emocionados.
Al sumar las cifras de las dos travesías del matrimonio, las cifras hablan por sí solas: 261 días, 481 horas de vuelo y 106.711 kilómetros. A modo de referencia, esas 481 horas equivalen a unos 20 días completos en el aire.
"A nosotros este proyecto nos mantiene activos, nos ayuda mucho como matrimonio también, porque tenemos algo en común y seguimos creciendo juntos como equipo", sintetizan.
Son tantas las vivencias que acumularon que surge otro sueño: escribir un libro que las compile. "Nos está costando porque ninguno de los dos somos escritores, pero lo vemos como un legado para nuestros hijos y nietos, el poder dejarles algo escrito de toda esta experiencia", proyectan.
Esta segunda vuelta los dejó con la certeza de que la vida es primordialmente un conjunto de vínculos: conocidos que se convirtieron en amigos; desconocidos que los admiraron a la distancia; colegas que entendían a la perfección las motivaciones de su travesía; un hilo social que entrelaza nacionalidades, sueños y valores de vida.
"Lo que más nos dejaron estas dos vueltas al mundo son amistades muy lindas, que trascienden todo. No importa la lejanía geográfica, el idioma, la edad, la diferencia cultural, ya construimos recuerdos únicos que nos unen para siempre", expresan.
Tampoco descartan volver a surcar los cielos. "Esto es como un bichito que cada tanto rebrota", dice Betina entre risas. Claudio admite que ya empezó las diligencias para convencerla otra vez.
"Le propuse casamiento hace 36 años y me dijo que sí; le propuse dar la vuelta al mundo y aceptó; le propuse una segunda vuelta y lo logramos; yo no pierdo la fe", remata.
Betina confiesa que extraña los afectos y su casa cuando se van por tanto tiempo, pero deja la puerta entreabierta para la próxima aventura: "No creo que haya una tercera vuelta al mundo, pero sí algo más corto por el continente. No vamos a dejar de volar, queremos seguir con este proyecto que nos sigue sorprendiendo".
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