Cuando el hambre de un techo se mide en picaportes de bronce
En un país donde miles de personas duermen a la intemperie, un hombre de 26 años terminó detenido esta semana por intentar llevarse algo tan pequeño y tan simbólico como un picaporte. No un televisor, no dinero, no joyas: una pieza de bronce que separa el adentro del afuera, la seguridad de la intemperie. Y la había ido a buscar, según pudo reconstruir la Policía, más de una vez.
Todo comenzó cuando el propietario de una vivienda de Lamadrid al 1200 lo sorprendió forzando la puerta de su casa. El sospechoso ya había logrado aflojar uno de los tornillos cuando fue descubierto y salió corriendo. El dueño de casa no se quedó de brazos cruzados: lo siguió y alertó a un móvil policial que patrullaba la zona, lo que permitió ubicarlo minutos después en San Lorenzo y Moreno, identificado por su vestimenta. Por disposición del fiscal Dr. Mario Figueroa, quedó detenido por tentativa de hurto.
Pero el caso no terminó ahí. Al indagar sobre dónde pasaba las noches el detenido, los investigadores llegaron a un refugio improvisado a la vera del arroyo Manzores: una carpa precaria, apenas una lona contra la intemperie. Adentro, una bolsa de nylon guardaba tres picaportes de bronce más, de distintos tamaños. No trofeos, sino mercancía: objetos pequeños, fáciles de esconder y de vender, que para quien vive al margen del sistema pueden representar la diferencia entre comer o no comer ese día.
Uno de esos picaportes fue reconocido por una vecina de 75 años, que días atrás había denunciado el faltante del suyo. La mujer contó que su mascota le había advertido, ladrando una y otra vez esa madrugada, sobre la presencia de alguien que golpeaba su puerta. Horas después descubrió que el picaporte ya no estaba.
La Policía trabaja ahora para determinar el origen de los dos picaportes restantes, en lo que ya se investiga como una modalidad reiterada. Pero más allá del expediente judicial, la escena que dejó este procedimiento —una carpa junto a un arroyo, una bolsa con piezas de metal arrancadas de puertas ajenas— es también una radiografía incómoda de la ciudad: la de una pobreza que no siempre viste harapos ni pide en la calle, sino que a veces se disfraza de necesidad urgente, capaz de arriesgar la libertad por un puñado de bronce que, en el mercado informal, apenas vale unos pesos. El delito no se justifica; pero tampoco se entiende sin mirar, de frente, el refugio donde fue encontrado.
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