Al comparar la zona intervenida con los campos vecinos, los investigadores detectaron que el suelo era notablemente más fértil y albergaba una variedad mucho mayor de especies arbóreas. Entre el follaje destacaba una higuera gigante que había alcanzado un tamaño asombroso, demostrando que la recuperación natural avanzó mucho más rápido allí que en cualquier pastizal dejado a su propia suerte.
El poder de la descomposición masiva
Este éxito ecológico responde a varios procesos biológicos combinados. La gruesa capa de cáscaras en descomposición actuó como una barrera física que asfixió las gramíneas invasoras que suelen dominar los campos degradados, impidiendo normalmente que los árboles nativos se establezcan. Mientras tanto, el material orgánico húmedo enriqueció la estructura del suelo, devolviéndole la capacidad de retener humedad y nutrientes vitales.