Internacionales Por: Editor17/09/2022

Un ataúd en Westminster Hall: el silencio atronador que solo interrumpe un tac tac

En el último adiós a la reina, no hay gritos, consignas, ni se exudan emociones. Lo que impacta es el recato de los miles que llegan frente a los restos de Isabel II después de horas de fila.
Miles de personas ya han pasado frente al féretro de Isabel II en Westmisnter Hall.

(Londres, enviado especial) Lo que más impresiona es el silencio. No es lo único, pero es lo que más. Porque a Westminster Hall, ese recinto levantado hace novecientos veinticinco años que vacío es un húmedo galpón, y ataviado con las honras fúnebres y con el cuerpo de Isabel II en su caja de roble cubierta por la bandera real adquiere otro significado; a ese depósito vestido de seda entra una multitud cada hora. Entra y sale. Entra, rinde honores y sale. Entran por derecha y por izquierda, de a doscientos o trescientos, flanquean el catafalco, dan media vuelta y enfrentan el ataúd, se inclinan ellos, recogen una pierna ellas en una elegante inclinación; después salen.

Y el silencio es sobrecogedor. No se oye una palabra. Un sonido, ni siquiera el del llanto acallado de muchos de esos peregrinos que dejan turno a una nueva tanda de personas que ha esperado en las amplias escalinatas de piedra sin chistar, sin un reclamo. Vienen de una larga espera de nueve horas bajo el sol de la tarde que se torna mezquino cuando se marcha. Y la noche lo enfría todo. Todos deben estar acalorados, o helados, en todo caso cansados, hartos, levantiscos, con los pies en llamas después de nueve horas de plantón. No se oye una voz, un reclamo, un lamento, una protesta. Sólo silencio.

La guardia fúnebre que rodea el ataúd no se maneja con voces militares de mando, sino con el seco sonido de un metal sobre la añosa madera; tac, tac, y la guardia entra; tac, tac, y los guardias marchan hacia su hombre de reemplazo; tac, tac, el reemplazado sale y el nuevo guardia ocupa su lugar; tac, tac, los reemplazados se van. El único sonido que rompe el silencio es ese remedo de latido que intenta no turbar el sueño eterno de la ilustre muerta.

A ningún tenor se le ocurre ir allí a cantar. Ni a ninguna soprano, lo justo es justo. No hay escenas desgarradoras de llanto ululante; no hay estrépito, ni ostentación, ni escándalo; no hay quien arroje flores al ataúd con la vehemencia de un lanzador de jabalina; todo está limpio y silencioso; no hay quien agite banderas, paños o estandartes; no hay quien grite vivas a patrias propias o ajenas; no hay quien en su desenfreno desembuche alguna consigna, cualquiera; no hay silbidos, rechifles, gritos, carcajadas, batahola, ni laicas misas imprevistas, ni arengas entusiastas, ni músicos improvisados, o profesionales, en usufructo de la televisación exacta de la BBC. No hay show. Apenas el siseo tenue del calzado que besa el piso.

Y cuando por fin lo hacen, cuando por fin han rendido su homenaje último, hay quien hace un enérgico saludo militar, la palma de la mano hacia afuera acaso en recuerdo de viejos buenos tiempos; cuando por fin vuelven a la calle después de cambiar seis o nueve horas de plantón por cincuenta segundos de silencio, tampoco hay júbilo, ni alboroto, ni exaltación.

Nadie quiere ser más importante que el muerto. Como si el respeto, y también la devoción, pasaran al compás del viento y no de la furia. Como si lo irreversible se acunara con la nostalgia y no con el tumulto.

Quien piense que el escenario es sobrecogedor, acierta y yerra. Lo es, pero no es el que dicta la conducta. Es otra cosa.

Fuera de Westminster Hall, hay una multitud muy difícil de calcular. Es más fácil de medir: cinco kilómetros de largo por cuatro o cinco personas de ancho. Los kilómetros varían un poco, siempre para más. A veces ha llegado hasta nueve. En este mismo momento, han decidido suspender por seis horas el engrosamiento de la fila. Lo más probable es que ya haya gente en fila para estar entre los primeros en ingresar a la nueva fila que se hará tan larga como son largas seis o nueve horas. De todos modos, manda la prudencia a la hora de calcular plazas urbanas, cualesquiera fueren, habitadas por quinientas mil personas, o un millón.

Lo extraño es que, en esa masa humana, reina casi el mismo silencio que en Westminster Hall. Y eso que cantan los pájaros, llega el rumor del río inminente, se oyen sirenas, bocinas, un gaitero eterno que taladra las horas. Sin embargo, la multitud está calma, tranquila y sosegada. No hay empujones. No hay discusiones. No hay arrebatos. Tampoco banderas, consignas, ni cantos. Y esta es gente de cantar y gritar al aire libre, como lo grita el fútbol. Pero en esta larga hilera humana, la pasión está o guardada o contenida. Nadie pretende adelantar un par de kilómetros porque tiene una tía muy enferma en Northumberland; nadie pide excepción por miopía, por callos plantales o resfrío repentino; todo el mundo espera si no en silencio, en un murmullo. Nadie ha pagado a otro para que haga la fila por él, porque el homenaje a la muerta ilustra también consiste en soportar con estoicismo la larga espera.

No se trata de devoción, de respeto, de adhesión, de lealtad o de fidelidad. Es otra cosa.

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