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Angustia, traqueotomía y milagro: El potrillo que eludió la muerte y dos años después hizo llorar de alegría a su salvadora

Una calurosa mañana de julio de 2017, la entrenadora Kristin Mulhall terminó su tarea en el hipódromo de Santa Anita Park, se subió a su camioneta y recorrió el camino habitual de unos 30 minutos hasta su casa en Covina Hills, también en suelo californiano. La rutina que conecta su lugar de trabajo con la recorrida por la propiedad de casi una hectárea en la que vive y cría caballos se alteró con una imagen impactante: Catemaco, un potro de apenas cuatro meses, estaba inmóvil sobre el pasto, luchando por su vida.

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«El caballo no podía respirar en absoluto. Le salía espuma por la nariz, sus ojos estaban inyectados en sangre y nublados. Estaba a segundos de morir», recuerda Mulhall. Los angustiosos detalles de aquel día persisten en su memoria como si contara algo que estuviera observando en ese instante. La desesperación no le ganó la carrera al instinto de supervivencia.

«Contacté a mi veterinaria, Melinda Blue, por videollamada. Ella se estaba peinando. Me dijo que buscara algo cortante. Afortunadamente, mi cuarto de herramientas estaba justo al lado de donde estaba tendido el caballo. Me explicó que sintiera los surcos en su garganta para encontrar su tráquea y hacer un agujero a través de ella, y él comenzó a respirar cuando hice eso», precisa Kristin.

«Entonces le dije: ‘¿Y ahora qué?’ y ella me respondió que encontrara cualquier tipo de tubo. Tenía la carcasa de una jeringa, corté el extremo y la metí. Pero sólo tenía un par de minutos antes de que el agujero se tapara con la espuma y otros líquidos», amplía. No había tiempo de averiguar qué había sucedido, sin antes salvar al caballo. Los reflejos, el esfuerzo y el coraje de la entrenadora tampoco eran suficientes.

«Traté de meter el tubo, pero el agujero se cerró. Catemaco ya se agitaba muy mal, como un pez fuera del agua. Intenté cortarlo de nuevo, pero no pude. En ese momento, Humberto Gómez (un galopador) había regresado y sostuvo las patas y la cabeza del potrillo. Logré que pasara por la tráquea la tercera vez que lo intenté, cuando hice un agujero más grande que pude abrir con un dedo para insertarlo», profundiza la preparadora, en una entrevista con el sitio web de Santa Anita Park.

Enseguida, un nuevo llamado a Melinda: «Le pregunté cómo se quedaría fija la carcasa. Tuve que encontrar hilo dental y la aguja más grande que pudiera, atar el hilo dental a la aguja e intentar suturar el agujero de la mejor manera posible. No sabía cómo hacerlo, pero ella me indicó que solamente hiciera un nudo, lo metiera por el agujero, a través de la piel, e hiciera un nudo a ambos lados. Que eso lo mantendría vivo hasta que llegara al hospital».

Gómez se convirtió en mucho más que un asistente. Uno solo no hubiera podido. Primero, retuvo y mimó a Catemaco hasta que Kristin encontró todo lo que necesitaba. «Lo hicimos todo, pero no sabíamos si se iba a levantar, si tenía muerte cerebral o qué. Se levantó después de una hora. Sus ojos todavía estaban inyectados en sangre y nublados, pero ya caminaba. Lo pusimos en la parte trasera del tráiler junto con la madre y Humberto hizo el viaje con ellos, sujetando el tubo en su lugar», subraya la entrenadora.

«Fuimos al Chino Valley Equine Hospital y el Dr. (Andreas) Klohnen, que es el veterinario jefe allí, quedó absolutamente consternado por lo que veía. Dijo que el caballo habría muerto si no hubiéramos hecho todo lo que hicimos», asegura. El equipo de Klohnen retomó los cuidados y utilizó los materiales correctos durante los dos días siguientes antes de que la hinchazón bajara lo suficiente como para que sintieran confianza para quitárselo. El pequeño equino se había tragado una viuda negra, muy presente en esas zonas, y eso le generó una reacción alérgica, casi fatal.

Una semana después, Catemaco regresó a casa junto con su madre, Diaphanous, cuya vida competitiva había durado poco, con tres carreras decepcionantes en 2005. Las expectativas con la yegua habían sido grandes inicialmente: fue subastada en 1,1 millón de dólares cuando tenía un año. Todo un contraste con los 5.500 dólares que la pagó Mulhall en 2016, cuando fue llevada a remate preñada. En el vientre llevaba al potrillo que le daría un gran susto al año siguiente y mucho más.

La historia tiene un primer capítulo angustioso con final feliz por salvarle la vida al caballo que además crio. Y encierra otro más reciente, dos años y medio después de aquel episodio: el primer día de 2021, Catemaco se inició en las competencias con una victoria por cuatro cuerpos, en una prueba de 1200 metros en la arena de Santa Anita Park, tras una serie de ejercicios que no eran tan prometedores. Pero fue como si escapara de las telarañas de sus rivales, casi todos ya con experiencia.

El triunfo de Catemaco

El potrillo, que lleva el nombre de una ciudad mexicana y cuyo bautismo fue idea de Gómez porque así se llamaba, además, el mejor caballo que montó en su tierra cuando era jockey, siguió en manos de Kristin. Jinete olímpica de salto en su adolescencia hasta que una lesión en un brazo la frustró, hoy a los 38 años sigue montando y también disfruta de la pasión por los caballos desde el cuidado, como lo hacía su padre, el fallecido Richard Mulhall. A su lado estuvo viendo crecer grandes campeones.

«Estuve cerca de algunos que eran muy especiales, que ganaron grandes carreras, pero ninguno como Catemaco. Significa mucho para mí. El hecho de que haya vivido eso y haya tenido el corazón para luchar contra la muerte fue bastante increíble. Por eso, al verlo ganar no pude contener las lágrimas. Fue la primera vez que lloré después de una carrera», confiesa la preparadora, ya con casi nueve años en la profesión.

En esas tribunas vacías, por la imposibilidad que tiene de asistir el público por los protocolos vigentes con el coronavirus, su llanto inexorablemente retumbaba y contagiaba al pie del Valle de San Gabriel. Allí es donde la blonda cuidadora de los ojos claros está escribiendo su propia historia en el turf y el potrillo ya comenzó a retribuirle de la mejor manera la salvación.

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