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Juan Carlos Harriot, la leyenda del polo (Parte Final)

-Cuénteme de su padre, también Juan Carlos y varias veces campeón de Palermo. ¿Cual fue su influencia?

-Mi papá tuvo una influencia grande. Compartimos mucho juntos, ganamos Palermo 7 veces. Fue clave en el tema polo, pero siempre me decía: «No te copiés de mi, copiate de los que están en la primera línea». No tenía un ídolo. Pero tomé cosas de los Alberdi, de los Garrós.

-¿Cuál era el jugador más duro con el que se haya enfrentado en la cancha?

-¡Ay, qué pregunta me hacés! No quiero nombrar a uno… Había varios. Todos los que estaban en primera línea, en un día inspirado, te complicaban. Más que un rival, era un equipo lo más duro que teníamos enfrente: Santa Ana.

-¿Qué tenían de especial Santa Ana y aquellos clásicos?

-Santa Ana llegó a ser lo que fue gracias a Coronel Suárez. Y Suárez fue lo que fue gracias a Santa Ana. Tuvimos la suerte de ganar más veces que ellos, pero tratabas de mejorar todo el año en caballos pensando en Santa Ana. Y ellos hacían lo mismo. Fue una rivalidad que nos potenció.

-El polo era simple, de ida y vuelta. ¿El profesionalismo lo complicó?

-No, a ver, es medio antipático hacer comparaciones. En una época se empezó a hacer demasiado chiche, perdiendo tiempo. Pero ahora es distinto. Ves a La Dolfina y no pierde mucho tiempo. Cada vez juega más sencillo.

-¿Con cuántos caballos iba a una final?

-Llevaba 6 o 7, pero jugaba en 5. Esos caballos aguantaban todo el chukker. Los tres mejores que tuve fueron Burra, que era extraordinaria, y Santita y Cocotero. Jugaban dos chukkers seguro. Horacio tenía uno, El Pino, que llegaba a jugar tres chukkers.

-Alberto Heguy dice que usted y Horacio Heguy eran «los imbatibles» de Suárez, y que él y Alfredo Harriott acompañaban.

-No, con Horacio jugamos 22 años juntos, éramos amigos, pero para mí los cuatro éramos determinantes, con la misma mentalidad, las mismas ganas. Eso de poner que fulano era mejor no va conmigo.

-¿Cómo era el año de ustedes? ¿Jugaban mucho en el exterior?

-Sí, anduve por Chile varias veces, en Perú bastante. También en Colombia, Brasil, Sudáfrica, España, Francia, Inglaterra, Estados Unidos. Andaba mucho. Me gustaba viajar, pero el momento más lindo era cuando volvía a casa.

-Los premios Olimpia en polo arrancaron en el 70. Ganó 5 y fue el primer polista que logró el Olimpia de Oro, en el 76. ¿Representó algo especial?

-Fue una sorpresa. Ahí lo tengo. Bueno, sabés que se me incendió la casa hace cinco años. Se quemaron las bases de madera de los Olimpia; el resto zafó, quedaron bien las 6 estatuillas, aunque no se les ve de qué año eran.

-Recuerdo una foto de hace 10 años de usted con Alfredo. Había una vitrina llena de trofeos. ¿Se perdió todo?

-Digamos que se perdió, pero antes del incendio. Salimos con mi mujer a comer con unos amigos. Al volver, no había luz, entro con la linterna y le pregunto a Susan: «¿Vos pusiste esa colcha acá en el living?». Me dijo que no. Ahí me di cuenta de que habían entrado ladrones. Empezamos a revisar y nos habían hecho bolsa. Se robaron las copas y otras cosas. ¡Media casa! Un gran valor sentimental. Lo curioso fue que recuperé todo, menos las copas.

-Y después vino el incendio…

-Uffff, sí. Cuando llegaron los bomberos ya estaba todo quemado. Me llevó casi dos años la reconstrucción. Ahí fue clave una iniciativa que había tenido mi mujer [Susan Cavanagh]. Ella había heredado unos mangos y la casa nos quedaba chica. Propuso hacer un anexo, yo no quería, pero lo hicimos igual, viste cómo es esto. ¡Menos mal que estaba el anexo! Viví ahí un año y medio mientras se iba reconstruyendo la casa. Que quedó casi igual a como era.

-Alberto y Horacio Heguy tuvieron muchos varones para prolongar la dinastía. Su hermano Alfredo también tuvo dos y una mujer, pero usted no lo acompañó demasiado…

-¡Estoy predestinado, jaja! Fijate que ahora tengo cinco nietos y cuatro son mujeres… ¡Estoy rodeado por mujeres! [risas]. Y el nieto varón, nada que ver con el polo, está con el padre en Buenos Aires y se dedica a los seguros. Las nietas están todas recibidas ya.

Alguna vez, hace casi 30 años, en Palermo, a Juancarlitos lo frenaron antes de subir por la explanada a las plateas. Le dijeron: «Juanca, estás impecable. Podrías seguir jugando perfectamente». Harriott sonrió y respondió: «Te voy a contestar como si fuera Fangio: no mires cómo está el chasis, tenés que mirar el motor», y soltó la carcajada.

-Chapaleufú, la etapa final de La Espadaña, esta versión de La Dolfina, son quizá los equipos que más se asemejaban a aquel Coronel Suárez.

-Sí, puede ser. Los chicos Heguy tenían la mentalidad de los padres. Y esta última versión de La Dolfina, sin dudas. Es un polo más sencillo que antes. A mí me gusta más.

-¿A los chicos Castagnola, Camilo y Bartolomé (h.), los vio? Fueron la sensación del 2019 con La Natividad.

-Los vi un partido solo, y por TV, así que no puedo hablar demasiado. Me parecieron muy buenos, pero con un partido no puedo dar muchos detalles. Esperemos que salgan buenos. La primera impresión fue óptima.

-¿Pero vio a Cambiaso y le provocó algo especial, como imaginar que ese chico iba a hacer algo distinto?

-Sí, jugaba distinto, claramente. Ahora juega más clásico que antes. No digo que sea peor ni mejor, más clásico sí.

-¿Lo molesta la comparación con él? ¿Lo pone incómodo?

-¿Incómodo? Noooo, pero viste como son las cosas: te hablan del polo de antes, y ¿cuál es el polo de antes? Ahora te dicen de los hermanos Heguy, por ejemplo. Y a Venado Tuerto y El Trébol no los menciona nadie. ¡Y eran buenísimos jugadores! Me enseñaron mucho. Por eso no me gusta hacer comparaciones, no son justas, no son simpáticas.

-Alberto Heguy afirmó que con aquel Suárez le podían competir a este La Dolfina heptacampeón de Palermo. Que no sabe si le ganarían, pero sí jugarle mano a mano.

-Sí, jugarles sí. Ahora de los resultados no te voy a decir nada. Y no es por quedar bien o mal: no lo sé. Sí, como dijo Alberto, nos hubiéramos animado, tiene razón, claro.

-¿Y cómo le habría jugado a La Dolfina y a Cambiaso?

-Imagino que cada uno trataría de hacer su juego. Si te querés adaptar al juego del contrario, es mala fariña. Y si nos tocara jugar hoy contra La Dolfina, en buena hora, me gustaría: ¡seríamos más jóvenes!

Por: Gustavo Rapetti/gustavorapetticoncordia@hotmail.com

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