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Pobres pero no idiotas

Gracias a los ingentes esfuerzos de los Gobernantes y sus planes para desarrollar nuestra ciudad, el último semestre de 2019, nos trajo la buena nueva que el éxito esta coronando esos afanes, reduciendo en ese lapso la desocupación de Concordia en un 1,8 %, por lo que ahora se ubica en el 51,1 %, que todavía es la más alta del país.

Aunque el logro es empequeñecido porque creció el número de indigentes, claro que en un porcentaje menor, ya que pasamos del 6,7 % del primer semestre al 7,6 % del último. Sumados esos guarismos tenemos un 57,8 por ciento de habitantes de nuestra ciudad sumergidos bajo la pobreza y la indigencia.

Algo a lo que nos estamos acostumbrando y que en tiempos del coronavirus pareciera de poca importancia porque todos sabemos que estos “logros” de nuestra clase política se diluirán por causa y efectos de la crisis sanitaria.

Es que ahora los afanes de nuestros gobernantes estarán dedicados a cuidar la salud de “todos y cada uno de nosotros” por lo cual el dinero disponible para crear nuevas fuentes de trabajo, apoyar la industria y el comercio, desarrollar el turismo y otras actividades que tienen efecto multiplicador sobre la economía estará menguado para ser utilizado en la Salud Pública lo que nos encuentra, obviamente, en un total acuerdo con todos los ciudadanos que queremos lo mejor para nuestro pueblo.

Todos, absolutamente todos, no solo los que nos gobiernan por nuestra propia elección, sino los sumergidos en la pobreza, los indigentes y los que forman parte de ese minoritario porcentaje de nuestra sociedad, la clase media y los pocos de la alta, estamos en un pie de igualdad ante el virus que se disemina y reclama de todos nuestro compromiso para mantenerlo a raya, cosa dificultosa porque naciones mucho más poderosas, con ingentes recursos y medios están sucumbiendo al enemigo invisible.

Es que nada pueden hacer las ojivas nucleares de las potencias, ni los cazas a reacción en los portaviones con tripulación contagiada por el coronavirus. La peste avanza y no deja pueblo ni nación sin atacar, sembrando muerte por doquier.

Tal vez, si esas poderosas naciones hubieran dedicado mayor parte de sus presupuestos para la salud pública y no para la industria de la guerra, las hubiera encontrado en mejores condiciones para defender sus pueblos del inesperado enemigo que se reproduce en los cuerpos de sus ciudadanos.

Como “todo pasa” como decía con acierto Don Julio Grondona, en meses o pocos años, habrá terminado esta pesadilla y volverá la normalidad que es esta realidad que nos convoca a escribir sobre pobreza y virus.

Nos falta referirnos a lo que alienta a los pueblos y a los hombres y mujeres que formamos parte de él, que es esa luz que guía nuestros pasos y acciones en la oscuridad para llegar a un mejor porvenir.

Como esta lucha requerirá no solo de esfuerzo, sino también de pasión y fe, encomendemos a nuestro Dios, la protección divina y con el fuego que dimana de las causas justas, atropellemos con fe y convicción para vencer hoy al virus y mañana a la desocupación, la indigencia y la pobreza que son como el virus que ataca a nuestra gente y que también merece ser derrotado.

Son dos combates, los dos urgentes, pero hoy es el coronavirus y mañana el tema que nos ha puesto, otra vez, en tapa de todos los medios como “la ciudad más pobre del país”.

Demostremos que los pobres también podemos ser protagonistas de nuestro destino, cambiándolo para mejorar nuestro futuro y el de nuestros hijos. La batalla vale la pena.


 

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