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El niño Rey del Tablero es argentino: La vida de Ilan, número uno del ajedrez mundial a los 8 años

Vive en Palermo, es fanático de Boca, juega al fútbol, le encanta la matemática y es el campeón sudamericano y panamericano de su categoría. La historia de un apasionado por el “juego-ciencia”.

Los botines de papi pasan de silla en silla en la biblioteca escolar. El pelo rubio bien desmechadito hacia el costado le cae sobre el ojo derecho, que aparece y desaparece mientras su cuerpo huesudo se bambolea. El pantalón del Bayern Munich completa el dúo futbolero de su indumentaria, en un tono que combina con la chomba de la Escuela Martín Buber. La lleva manchada con dulce de leche, como debe ser para todo pibe o piba que aprovecha los picnics de los últimos días del tercer grado de la primaria.

Ilan Schnaider está que vuela, adrenalínico, histriónico. Le acaban de dar el boletín y quiere chequear que esté todo bien. Un solo “MB” invade las “S” mayúsculas. Parece que pasó de grado. Fanático de Boca como es, se ríe cuando Maxi, el profe de Educación Física, lo sube a sus hombros y lo cuelga del aro de básquetbol amarillo, delante del tablero azul que decora el patio del recreo. Se terminó la jornada trilingüe (español, inglés y hebreo). Le queda el triple turno del día, como cada lunes y jueves. Se viene la clase de ajedrez ​de entre una hora y media y dos horas.

La escena transcurre en Palermo. No en China, India, Rusia, Armenia u otras potencias del juego ciencia. Ilan es argentino y tiene 8 años y una voz aguda que compra cuando entrelaza sus sensaciones al hablar. De paso, es el número uno del ranking mundial de ajedrez en su categoría. Su ELO de 1.884 puntos así lo certifica en la web de la Federación Internacional (FIDE).

En febrero cumplirá 9 y se despedirá de la categoría Sub 8, en la que fue tricampeón argentino (la primera vez, con 6 años), segundo en el Sudamericano de Paraguay 2017 y en el Panamericano de Chile 2018, octavo en el Mundial de agosto en Weifang, China, y vigente campeón panamericano en Guayaquil, Ecuador, y sudamericano en el CeNARD.

Queda claro. Este purrete de dientes grandotes y medio separados, amante de la chocolatada como merienda y seducido por la matemática es, definitivamente, un diamante en bruto. Ni un prodigio ni un genio ni un bocho. Un talento a aprovechar porque disfruta del ajedrez.

“Tomá, armalo”, serán las primeras palabras imperativas que dirá cuando el cronista entre a su hogar. Entrega un modernoso cubo de Rubik. No habrá ningún tipo de chance.

-¿Vos lo armaste?

-Llegué a hacer tres caras.

-¿Cuántas tiene?

-Seis.

Geometría, recontra aprobada.

Ilan ama que lo desafíen. Se nota a la legua. Y analiza a quien tiene adelante. Y desafía. Por eso el cubo. Por eso el “¿Sabés cómo se llama mi hermana?” (abrirá los párpados cuando se le responda: “Dana”). Por eso el “¿Jugamos?” como invitación al tablero de las 64 casillas.

Cuando el tercer peón caiga y una torre esté a punto de ser cercada, con el reloj digital cantando aquello de Fito de “el tiempo, maldita daga”, habrá que estirar la mano derecha y abandonar. “Te sabías la teoría”, dice como un cumplido a quien con suerte repitió de memoria las primeras movidas ante una Defensa Francesa.

Ya desafió. Ya midió. Ya se puso en contexto. Se sienta en una silla del patio de su casa, no sabe qué hacer con sus piernas y hay que escucharlo hablar. “Yo juego al ajedrez porque me enseñó mi papá al ver que tenía mucha memoria. Fui de a poco, desde mover las piezas al paso a paso y a los torneos. Estudio para jugar mejor y me gusta la táctica, porque a veces se sacrifican las piezas y podés llegar a un jaque mate. Pero tenés que saber calcular”, cuenta con la rodilla derecha a la altura del mentón. Ilan ha desbloqueado un nivel más de inhibición ante el equipo de extraños de Clarín.

“Se enganchó muy rápido. Cuando le enseñé los primeros pasos y dónde van las piezas, se enamoró del ajedrez. No fue una tarea muy difícil explicarle los movimientos y las reglas, porque tenía un alumno muy aplicado”, cuenta papá Ram. Lo inscribieron en el tradicional club Torre Blanca, donde comenzó a jugar con chicos y pronto con mayores de cada vez con más fuerza ajedrecística. Hasta ser campeón argentino Sub 8.

Los miércoles va a las clases de fútbol, en el colegio también toca el violín y acaba de crearse una cuenta de Instagram (ilan_schnaider). Intereses varios, le dicen. “Como no tiene tanto tiempo, es evidente que el ajedrez es una pasión para él, porque se entrena y encuentra momentos para practicarlo. Para dedicarte al ajedrez, como a alguna rama artística, es algo que te tiene que gustar y apasionar”, describe Ram.

Lucas Liascovich espera en la mesa de adentro, con su computadora cerca del tablero, para una clase más con Ilan. El maestro internacional es el entrenador que la Federación Argentina de Ajedrez dispone para el rubiecito. Y no deja de asombrarse desde que su colega Martín Bitelmajer le pidió que le echara el ojo en el Panamericano de Chile del año pasado. “Me habló de un niño que andaba muy bien, pero yo estaba trabajando con chicos más grandes. Apenas lo contacté, me llamó mucho la atención. Vi un potencial que hasta hoy nunca había visto en otro chico”, relata quien no oculta el asombro.

Cynthia Aziz es la directora de la Primaria donde Ilan es, básicamente, un alumno más. Uno de los tantos que tienen predilección por los desafíos del cálculo matemático. Y alguien a quien reciben con carteles y aplausos cada vez que vuelve de un torneo internacional. “Es un nene que disfruta de la escuela y de sus amigos, que juega como cualquiera, que tiene mucha capacidad para la matemática y disfruta un montón del ajedrez”, afirma en el patio pegado a esa biblioteca donde Ilan hace piruetas para la cámara.

“¿Cómo acompañar las capacidades de Ilan y de otros chicos en la escuela sin que sean ‘los que son distintos’? Buscamos un equilibrio entre tratarlos como quienes hacen algo único pero son uno más –responde Cynthia-. Nos pasa también con quienes se destacan en lo artístico o a la hora de escribir. Proponemos desafíos más difíciles de acuerdo a las inquietudes. Nadie es un bicho raro”.

Ahora bien, si cuesta imaginarse a un niño de 8 años atento y quieto durante un largo rato, ¿cómo no asombrarse si Ilan ha llegado a jugar partidas extensas contra adultos? “Alguna vez jugué durante cuatro horas y media o hasta cinco horas. Es mucho tiempo –admite-. Si estoy ganado, a veces me levanto y paseo para mirar otras partidas del torneo. Si estoy perdido, me meto en mi partida. A mí siempre me ven como un chico, pero para mí es normal. Estoy acostumbrado”.

Claro que el 18 de mayo pasado, Ilan sacudió el tablero en un torneo por equipos jugado en Chascomús. Con un ritmo de 12 minutos por jugador, más 3 segundos por movida, como tercer tablero de Torre Blanca, en la penúltima rueda hizo tablas con Federico Pérez Ponsa, integrante del equipo olímpico argentino y a la postre ganador con Obras Aysa.

“Claro que recuerdo esa partida. Yo quedé mucho mejor en la apertura, pero él se defendió muy bien. Es curioso jugar con Ilan. No es que les gana a los de 8 años. Él juega bien –explica Pérez Ponsa-. Cuando terminamos, le dije que no debía hacer un cambio de piezas que hizo y él me puso cara y me contestó: ‘No es tan grave. Empaté’. Tiene su carácter. Fue todo mérito suyo”.

Diego Flores es heptacampeón argentino, está a un título del récord del recordado Miguel Najdorf​ y tiene una opinión formada sobre Ilan: “Lo de este nene es realmente impresionante. Lo conocí hace como tres años y me llamaba la atención por su forma de jugar y por cómo se concentraba. He visto jugar un montón de chicos, pero nunca había visto un chico que entienda tanto el ajedrez. A los pibes siempre les llama la atención encontrar una combinación rápida, pero este pibe entiende más que el golpe de vista. Entiende el ajedrez. Es innato”.

Y aún más sorprende por su capacidad de permanencia frente al tablero a esa edad. “Es grandioso que en esta era tecnológica de pantallas un chico se interese así por un juego de mesa/deporte. Ojalá que pueda contagiar a otros”, dice Flores. “Ilan no te dice mucho con su expresión. No tiembla, no se pone rojo y eso ayuda. Yo a su edad era súper inquieto para estar sentado concentrado durante tanto tiempo. Claramente juega mucho mejor que yo a esa edad”, reconoce Pérez Ponsa.

La tolerancia a la frustración es una virtud humana. Cuesta reaccionar de manera aplomada después del shock inicial, en cualquier orden de la vida. ¿Y en el ajedrez, donde una mente la gana a otra sobre un tablero? “Estoy contento con ser el número uno de mi edad. Si fuera el último, no estaría tan contento”, deja en claro Ilan. Por eso el entrenamiento y el acompañamiento cotidiano deben ser muy precisos para evitar las caídas.

“Nosotros le transmitimos lo importante: se pierda o se gane, hay que seguir aprendiendo. Le queda camino por recorrer y él lo tiene claro. Pensamos si va a necesitar jugar otro tipo de torneos o entrenarse de otra manera, pero estamos tranquilos. Ahora llama la atención si no sale campeón o si le fue mal. No hay que ponerle presión. Es un nene, pero se lo toma con mucha responsabilidad”, explica Carolina, su madre, después de llevarlo al dentista.

Papá Ram se suma a la hora de poner en la balanza el temple de su hijo. “Es un chico muy respetuoso. Cuando gana, jamás sobra al rival y eso es lo que más destaco de él. Nunca te va a festejar en la cara –enfatiza-. Tiene un perfil bastante bajo. Si pierde, tiene la lógica angustia, pero sabe convivir con las derrotas. Entiende que en las derrotas siempre se aprende”.

Es tiempo de volver a escuchar lo que tiene que decir Ilan sobre el manejo de sus resultados. “Si pierdo con un gran maestro muy fuerte, no me pongo tan mal porque era fuerte. Pero si juego muy mal y me dejo perder, ahí sí está mal –aclara-. Si juego con un rival más bajo que yo y pierdo, ahí sí está mal. Y si le gano, es como que le gano y chau”. Vaya apreciación de los niveles de dificultad.

Sucede en todo deporte de alto rendimiento. Competir contra los mejores en el orden internacional pone a prueba la capacidad. Pero para ello hay que viajar. Lo viven los mejores grandes maestros argentinos, quienes se arman giras cuando son invitados por los torneos, para “apenas” tener que bancarse los pasajes. Queda claro entonces que es una pregunta a hacerse a futuro con Ilan.

“Ponemos mucho de nuestra parte y cuando hay que acompañarlo al exterior, estamos fuera del trabajo –explica Ram, quien viajó con su hijo al Mundial de China-. En las buenas y en las malas, vamos a estar. Pero si un sponsor ve a esta futura promesa que ya es realidad y quiere interesarse por su desarrollo, bienvenido sea”.

El entrenador Liascovich se suma a este razonamiento, porque conoce el paño desde adentro. “Para perfeccionarse, la necesidad de viajar es imperiosa para medirse a nivel americano o mundial. Ilan hizo méritos para merecer el apoyo de la FADA, que le brinda clases y consigue pasajes para algún torneo. Que sea el número 1 del mundo a su edad es histórico –reafirma-. Tuvimos argentinos que fueron campeones mundiales, como Alan Pichot​​ y Pablo Zarnicki, pero nunca a nadie primero en el ranking. Por eso para su desarrollo Ilan necesitaría un patrocinador que le permita viajar para medirse a nivel mundial para ver hasta dónde puede llegar, que es la pregunta que nos hacemos todos los días”.

Las clases de tercer grado han terminado. Será cuestión de esperar a Ilan en un nuevo ciclo en 2020. “Es un orgullo que esté en la escuela y lo seguiremos acompañando. Es un nene que se muestra interesado en aprender, superarse y jugar con sus amigos. Es responsable con sus logros. Acá los vive con mucha naturalidad, como quien metió un gol en el fin de semana y se pone a hablar de eso”, cierra la directora Aziz.

Y al maestro Liascovich le queda el resumen final para sintetizar qué es lo que también a él lo tiene en vilo. “Cuando preparo a un chico, me olvido la edad que tiene. Pero lo que más me llama la atención de Ilan es su rapidez para asimilar los conocimientos, por arriba de cualquier chico de su edad. Además de su memoria, se pone metas para mejorar en lo que hace –grafica-. Pierde una partida, asimila el dolor de la derrota y salen de él mismo las ganas de superarse con tres preguntas clave: ‘¿Por qué perdí?’, ‘¿Qué puedo hacer para mejorar?’ y ‘¿Cómo puedo ganar?”.

Ilan juega de blancas en una Apertura Italiana que repasa con su entrenador. Replican una partida para recordar la teoría y el plan de juego, y encontrar las mejores jugadas. De pronto, se plantea una posición clave. “¿Qué jugarías acá?”, le pregunta Liascovich. El pequeño mueve el peón a la casilla “g4” (el viejo y querido P4CR: peón cuatro caballo rey). “¿Por qué?”, lo indaga. “Porque tengo ataque con g5”, responde. “Es una buena jugada”, se escucha.

Ilan acaba de encontrar por motu proprio la movida indicada por la teoría en esa posición. “La sacó él solo –le dirá minutos después Liascovich al cronista, azorado-. Estas cosas pasan habitualmente. Olvidemos que tiene 8 años. Me parece increíble de todas maneras”.

Con su segundo helado de agua -mitad frutilla, mitad ananá- pasando de mano en mano, a Ilan Schnaider sólo le resta descansar. Esa telaraña que ofrece el ajedrez, con un mundo paralelo de batallas definidas sin sangre sobre un tablero, lo tiene atrapado. Como a cualquier aficionado. Pero él no es uno más. Es el número uno del mundo a su edad. Y tiene algo más para decir: “El ajedrez es el juego que más me gusta, con el fútbol y la matemática. Sobre todo la multiplicación, porque la suma es muy fácil. Yo juego porque me gusta. Y si otros chicos quieren sumarse, pueden aprender. Van a tener más memoria, pero tienen que estudiar. Yo de grande pienso que voy a seguir jugando al ajedrez”.

Que el niño rey del tablero disfrute de su pasión. Que así sea, pibe.

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