Diario EL SOL Matutino Independiente (Concordia - Entre Ríos) "Un sello de calidad en la comunicación informativa"

Carta abierta de un estudiante al boxeador y entrenador Hector “Chiquito” Cirolla

Esta historia la escribió Ángel Vallejos, alumno de 1° año de la escuela N° 37 Ernesto “Che” Guevara, con la enseñanza de la profesora del taller de lengua y literatura Nancy Cot. Es real. Existen muchas. Ángel la inmortalizó en su escrito. Dice así:

MANOS SAGRADAS

“Antonio venía de una familia humilde. Su padre era cosechero y su madre era la encargada de que nada le faltara. Comida, vestimenta, educación, techo digno y mucho fuego. Familia linda, laburante y sufrida, como todas las de mi barrio. Su deporte preferido, como el de todos los del barrio, era el futbol. Estaba horas y horas en la zona peloteando con los “gurises”. Y si no había una, se la inventaba con lo que fuera. Así transcurre su infancia, pero al llegar a la adolescencia la situación le cambia y mucho”.

“Al campito de fútbol lo cambió por la esquina. Sus amigos de siempre pasaron a ser otros nuevos, de otros barrios, y mucho mayores que él. Sus horarios estaban cambiados. Vivía de noche y dormía de día. Distraído, descuidado, y agresivo con sus seres queridos. En su casa la pasaban muy mal sintiendo que Antonio parecía ya no quererlos. Sus padres y sus hermanos trataban de mantenerse lejos del conflicto por miedo de que algo malo les suceda. Ya casi no lo reconocían. A la escuela iba solo si se levantaba. Sus carpetas tenían solo garabatos que realizaba en las horas de clase”.

“Antonio se estaba drogando desde hace un tiempo y eso lo estaba perturbando. Se había convertido en un chico agresivo. Se sentía solo, aturdido y angustiado. Y culpable por lastimarse y por lastimar a su familia. Pero no tenía la fuerza necesaria para cambiar su rumbo. No sabía como. Demasiado orgulloso como para pedir ayuda. Un dia que estaba solo en la esquina, pasan sus amigos de la infancia, los de siempre. Y lo invitan a ir al gimnasio de ahí a la vuelta. Donde iban los chicos del barrio”.

“Para sorpresa de todos, Antonio fue y los acompañó. Al comenzar la clase el profe arrancó con el entrenamiento diario. Antonio solo observaba. Al otro dia, a la misma hora y en la misma esquina, al ver pasar a sus amigos, se levantó. Y sin que nadie le dijera nada los acompañó a entrenar. Esta vez fue distinto. El profe lo saludó como a todos y le propuso participar del entrenamiento. Al ver que se esmeraba y era bueno en lo que hacía, lo invita a concurrir al gimnasio de su padre. Así éste lo veía y podría seguir perfeccionándose”.

“Fue a partir de entonces que la vida de Antonio empezó a cambiar para siempre. Se encontró con un hombre que lo empezó a tratar con cariño y con afecto. Un hombre que parecía conocer su historia, entender sus angustias. Actualmente Antonio sigue boxeando. Su vida cambió para siempre. Mi barrio tiene mucha de estas historias. La mayoría con final feliz. Como en el caso de Antonio, y otras no. La droga hace estragos y parece que donde hay pobreza ataca más violentamente. Parece que a nadie le importa cuando hay filas de madres llorando y pidiendo ayuda por la realidad de sus hijos. Con la droga hay dos destinos: Preso o muerto. En el medio de tanta desigualdad y marginalidad, aparecen estas manos sagradas. Que no pueden salvar a todos pero si a alguno. Que no se rinden. Que están dispuestas a trabajar por y para nuestros gurises”.

Todo adicto o adicto recuperado tiene o tuvo un Antonio adentro. Ángel Vallejos. Dedicado al inmenso Héctor “Chiquito” Cirolla.

Fuente: La Ley del Boxeo

Deja un Comentario