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Historia atroz en Rosario: Una mujer escapó de su casa y contó que estuvo más de 20 años secuestrada por su pareja

El sospechoso, de 57 años, está detenido con prisión preventiva. La víctima relató que la tuvo encadenada a la pata de una cama y que le cambió el nombre.

L.C. se había resignado a vivir así. Pero el 8 de mayo pasado, Oscar R., su pareja, después de insultarla y acusarla de ser la responsable de perderle una herramienta de su taller mecánico, se descompuso y se encerró en el baño. Ella, que ya había cumplido 42 y vivía con él cautiva desde los 19 años, abandonó la resignación en el instante en que se dio cuenta que el infierno a la que la había sometido se podía terminar si en ese mismo instante se escapaba.

Por primera vez en más de 20 años su pareja, de 57 años, había olvidado cerrar la puerta de la casa de la calle Santiago al 3500, en el barrio Cura de Rosario, y ella entonces agarró el teléfono celular del hombre, algo de dinero y huyó. Con el primer paso de libertad en la vereda recuperó la soberanía de su cuerpo y un rato más tarde se reencontró con su familia después de dos décadas.

Ese mismo día, L.C. (las iniciales son ficticias, para cuidar su identidad) se presentó en el Centro Territorial de Denuncias del barrio de sus padres y denunció a su novio y secustrador, quien días más tarde fue detenido por orden de la Justicia.

La fiscal de Violencia de Género de Rosario, Luciana Vallarella, imputó al hombre por el delito de privación ilegítima de la libertad agravada por violencia y amenazas, relación de pareja, y por el tiempo que duró el «secuestro». De ser hallado culpable podría recibir una pena de entre dos y seis años, que para la fiscal, «no refleja el sufrimiento que la mujer pasó».

El juez que lleva la causa, Héctor Núñez Cartelle consideró que la acusación es de gravedad suficiente como para dictarle la prisión preventiva, ya que el hombre podría atacar a la mujer (entorpecer la investigación) o fugarse, por lo que el sospechoso esperará la llegada del juicio bajo el techo de una unidad penal rosarina.

Oscar R. siempre fue violento con su novia. Desde los primeros capítulos de la relación. La familia de ella notó rápidamente que el hombre era agresivo, celoso y que desde el primer momento intentó «aislarla» de su entorno, al punto que L.C. abandonó a un hijo que había tenido con una pareja anterior a él, por la presión y las amenazas de Oscar R.

Tras escaparse de su casa la mujer fue llevada por su familia a la Dirección de Género de la Municipalidad de Rosario, desde donde la ingresaron a un refugio para protegerla. Días después L.C. hizo la denuncia formal en el Centro Territorial de Denuncias, desde donde avisaron a la fiscalía que comanda Vallarella. «Ahí tomamos contacto y coordinamos para entrevistarla», contó la fiscal a este medio.

El relato de la mujer de momento fue escueto, no demasiado fluido, pero las fuentes que tuvieron acceso al expediente relataron que lo que cuenta es atroz y fue suficiente para que Vallarella pidiera a la Policía que ejecute su detención.

La mujer reveló que durante los primeros dos años enteros de convivencia su pareja la tuvo encadenada a una pata de la cama. El hombre tuvo la complicidad de sus padres, quienes vivían en la planta superior de la propiedad.

En el relato que la víctima hizo a la Justicia contó que cuando el hombre se iba a trabajar a su taller mecánico (ubicado en el mismo terreno donde vivían) ella usaba un palo de escoba para golpear el techo y que bajara la madre de su pareja para que la acompañara al baño o le diera comida.

Después de ese tiempo de esclavitud, Oscar R. comenzó a dejar salir a la mujer a la calle, pero le cortó el pelo y le hacía usar su ropa (de hombre) para que no la reconocieran.

Incluso le cambió el nombre. Este último dato lo contó ella a la Justicia y lo corroboraron los vecinos del barrio, que conocían a la mujer como una persona «muy tímida» y no por su nombre original sino por el que su pareja y secuestrador le había impuesto.

Durante un tiempo la mujer se comunicaba con su familia. O, mejor dicho, cuando la madre y las hermanas de L.C. llamaban a la casa, él la dejaba atender pero le escribía lo que tenía que decir. «Entiendo que les decía que estaba así bajo su propia voluntad. La familia desconocía que esto era lo que pasaba. Se enteraron ahora», contó Vallarella.

La familia de L.C. creyó finalmente que ella no quería tener contacto con sus parientes y dejaron de insistir. La vida de esta mujer siguió durante dos décadas atada a la soga de su pareja. Según explicaron a este medio los investigadores del caso ella entendió que su mejor manera de sobrevivir era aceptar las «reglas» que le imponía su pareja.

Pasados dos años, el hombre la soltó de la cama pero la dejaba encerrada en la casa. Si salía para hacer mandados era siempre era con él y con su control estricto. Nunca pudo salir sola. Jamás tuvo la llave de la casa. Ni siquiera su DNI. Los vecinos del barrio dicen que siempre la veían con él y que creían que era una novia que no vivía en esa casa porque se la cruzaban esporádicamente. También contaron que más de una vez vieron situaciones violentas en la calle, como golpes o zamarreos.

En las últimas elecciones primarias santafecinas, ocurridas a fines de abril, él la llevó a votar y ella logró recuperar su DNI, que escondió en una zapatilla. El 8 de mayo, durante la discusión, él le pegó varios cachetazos, se descompuso y se metió en el baño.

L.C. agarró dinero, tomó un taxi que la dejó en una estación de servicio, donde le prestaron un teléfono. Pero ni siquiera ahí la mujer sintió que estaba liberada: su hermana le cortó porque creyó que era obra del hombre. Entonces L.C. se contactó con una tía lejana, que la recibió y avisó, ahora sí, a su familia. Finalmente, la mujer volvió a su casa, donde se reencontró con sus hermanas y su hijo, a quien no veía hacía más de 20 años.

La mujer hizo la denuncia el 17 de mayo pasado y tres días más tarde la fiscal la entrevistó y relevó información entre vecinos para comprobar algunos de los dichos de la víctima.

Oscar R. se sentía tan impune que durante los días posteriores a la huida la fue a buscar a la casa del familiar. Hasta su detención se quedó en su casa. «Quizá pensó que no lo denunciaría y que no lo iban a detener», comentó uno de los investigadores a este medio.

Para la fiscal el hombre logró «domarla». Y ella «se resignó a vivir así porque no quería resistirse para no generar más violencia y porque tenía miedo de que lastimara a su hijo o a su familia, porque él la amenazaba».

L.C. logró finalmente huir de la pesadilla a la que había sido sometida. Esta vez pudo salir. Lo había intentado hace unos años: se tiró de una ventana, pero cayó mal y terminó internada, con su pareja y secuestrador al lado, que la custodiaba en el hospital.

«Ella tenía naturalizadas muchas cosas, es un mecanismo de supervivencia», comentó la fiscal, todavía impactada por la historia, quien espera poder agregar a la imputación el delito de lesiones, agravado por daño psicológico: «Buscamos sumar elementos para dar contexto al hecho, es de difícil prueba y pasó hace muchos años. Ya no existen las cadenas y las sogas, esto se prueba con el relato de ella, de la familia y los vecinos».

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