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Candy Ride, un fenómeno mundial

En la búsqueda del caballo perfecto, en la industria del turf lo óptimo atenta contra lo bueno infinidad de veces. Candy Ride es parte de esa regla. Cuando llegó a manos del grupo de propietarios liderado por Gumersindo Alonso, por entonces secretario de Agricultura y Ganadería de la provincia de Córdoba, ya había sido domado en el haras Abolengo y se había frustrado su venta particular (en tres casos, aseguran) porque a quienes lo habían comprado no les convencieron algunas placas radiográficas.

Por eso lo devolvieron a la cabaña y llegó al stud de los cordobeses. Los Alonso (padre, hijos, primos) y Marcelo Rizzo, un amigo asociado, no pusieron reparos ni en eso ni en la poca fama de su línea paterna para quedarse con él y se lo llevaron a Río Cuarto, donde estuvo en entrenamiento cuatro meses hasta salir a competir por primera vez, en una de las cuadreras más emblemáticas del país.

«No pensábamos llevarlo a General Cabrera porque estaba vareando para ir a Palermo a correr una carrera de 1200 metros, pero habíamos anotado también a otro potrillo en aquella Polla y su compañero no llegaba en la mejor forma. Entonces, decidimos ir con Candy Ride ese día para no quedarnos sin correrla», reconocieron tiempo después algunos de los integrantes de la sociedad. Aquel 1 de mayo de 2002, el potrillo ganó el cotejo de 500 metros y comenzó a causar asombro. Largó lento, pero igual les ganó por dos cuerpos en 27 segundos. Fue la única vez que lo montó Héctor Calvente, quien tiempo después colgó la fusta para dedicarse al entrenamiento, mientras sus hijos Gustavo y Franco tomaban la posta como jockeys, no sin antes compartir la pista en un puñado de ocasiones.

El debut en Córdoba

Calvente padre, formado en las pencas del interior del país, no era la primera opción. De hecho, cuando con el potrillo se puso luego la mira en Buenos Aires volvió a surgir el nombre de Armando Glades, que terminó siendo el jockey de sus tres carreras oficiales en la Argentina. «Me habían ofrecido correrlo en General Cabrera, pero les dije que no podía porque tenía un compromiso para montar a una potranca, que con el tiempo ganó clásicos en Palermo, y por eso no acepté correrlo. Pero al final, hubo tantos anotados que la Polla se dividió en dos y solo corrí a la yegua en uno de los turnos, y en la carrera que ganó Candy Ride me quedé de a pie», recuerda Glades. Hoy, a los 49 años y después de una caída y algunos huesos rotos, el cordobés despunta otra pasión familiar, la cuida.

A Alberto Bertucci, programador del Belgrano Cabrera Jockey Club, aquel día hace 17 años le quedó marcado a fuego. «Para nosotros es un orgullo que un crack como Candy Ride haya debutado en nuestra cancha. De aquí salieron muchos caballos buenos, pero como él ninguno, ni creo que vaya a salir otro. Por eso, uno de nuestros clásicos de cada 1° de mayo lleva su nombre, a modo de homenaje», explica.

Lo que generó el potro en aquella cuadrera provocó que el viaje desde Córdoba a Buenos Aires fuera una prioridad para sus dueños. Se pensó en el Estrellas Junior Sprint -por entonces, un gran premio-, un plan inaudito para un ejemplar sin experiencia oficial, pero no pudo correrlo: tuvo sobrecañas, una típica inflamación en las manos que tienen los caballos a los 2 años de vida. Finalmente, llegó a Palermo en agosto, para vencer por 12 cuerpos en 1200 metros. Otra vez, su figura encandiló. Y nuevamente se subió la apuesta: apareció inscripto semanas más tarde en la Polla de Potrillos (G1), el primer paso de la Triple Corona argentina. Un cuadro de tos obligó a rediseñar el camino, una vez más.

Perdió el tren del proceso selectivo, que en el turf sí pasa solo una vez, y, si la idea era saber hasta dónde era capaz de dar, solamente quedaba la opción de medirse con los ejemplares adultos, lo que suele deparar más decepciones que alegría en esa época del año. Potrillos que aún están aprendiendo a correr contra los que acumulan experiencia de sobra. Ese 12 de octubre, sin fogueo ni pergaminos ni conocer el césped de San Isidro, los dejó en ridículo a todos. El zaino de la patita derecha blanca nacido el 27 de septiembre de 1999 les ganó por ocho cuerpos a varios que ya corrían cuando él no estaba ni destetado.

No solía correr esos grandes clásicos yo, no tenía medida de los rivales ni imaginaba que podía dar tanto. Fue el mejor caballo que monté en mi vida», sostiene Glades. Todavía lo conmueve el recuerdo. Siente que fue ayer cómo miraban atónitos la repetición del Gran Premio San Isidro (G1) los principales jockeys y entrenadores debajo de un televisor ubicado en una sala del hipódromo del Jockey Club. Para aquel Armandito de Almafuerte, que se había subido por primera vez a un caballo a los 16 años, su asombro no cabía en los 53 kilos y su casi 1m60 de estatura por aquellos días.

La tercera y última función en el país fue ante 70.000 personas, dos meses después, la tarde del Carlos Pellegrini (G1). Volvió a perderlos de vista, de punta a punta, y apenas 1/100 lo separó de la plusmarca de los 1600 metros en pista de césped. «El cuidador me dijo que si podía rompiera el récord, pero era una locura usar la fusta con la diferencia que llevaba. Era una máquina de correr. Era inteligente, solo había que tratar de no caerse», confesó tiempo después Glades, que aun conserva la foto de esa victoria en el avatar de su WhatsApp. En un año, el potrillo rechazado tras la subasta había mutado en una celebridad.

Su último triunfo en la Argentina

Pudo haber competido una vez más en la Argentina, a comienzos de febrero de 2003. Inscripto para el Gran Premio Miguel A. Martínez de Hoz (G 1-2000m) y con una invitación a Dubai pendiente de respuesta, el último martes de enero salió del stud de René Ayub y pasó 1000 metros en 59s3/5 en la 4a. pista del Campo 2 de San Isidro en el entrenamiento previo a la prueba, con un jockey que debió esforzarse para evitar que el apronte sea más intenso del deseado. Fue la última vez que Glades estuvo sobre él y lo tuvo delante de sus ojos. «El sábado siguiente era la carrera y Candy Ride era la única monta que yo tenía en el día. Cuando llegué al hipódromo la gente me preguntaba por qué no corría y algunos se iban, estaban desconsolados. Yo pensé que le había pasado algo. Ni entré al cuarto de jockeys. Me di vuelta y me volví a mi casa, no quise averiguar nada. Al día siguiente me enteré de que lo habían vendido».

¿Qué había pasado en detalle esa semana? Ronald McAnally, una gloria entre los entrenadores norteamericanos, viajó a la Argentina para ver en persona a ese caballo que lo había dejado boquiabierto en los videos que le habían llegado. Uno de sus patrones, Sid Craig, le había pedido que le consiga un pura sangre para ganar el Pacific Classic (G1). Algo así como el Pellegrini de Del Mar, pero con un millón de dólares en premios. «Creo haberte encontrado el caballo», se animó a plantearle al cabañero, que por entonces vivía junto con su esposa Jenny en Rancho Santa Fe, cerca del hipódromo californiano en el que en 1992 había intentado ganar esa misma prueba con Paseana, una yegua argentina que le daría otras alegrías y millones. Hacia allí fue llevado el campeón argentino.

«El Kentucky Derby es la carrera más importante del mundo, excepto para nosotros que nos interesa ganar el Pacific. Del Mar es como el patio de nuestra casa», explicaba Craig por aquellos días. Antes de la cita más deseada, Candy Ride corrió dos veces en Estados Unidos y ganó ambas en el desaparecido Hollywood Park. «Ron es un hombre muy poco comunicativo, pero desde que tiene este caballo me llama todos los días», revelaba Sid. «Cada vez que lo mido en sus trabajos, miro el reloj y mi mano tiembla», sumaba McAnally, en tren de confesiones.

La victoria en el American Handicap

Aquel 24 de agosto de 2003 marcó la temprana despedida del crack, sumando un nuevo capítulo épico. Una semana antes del Pacific Classic, se accidentó Gary Stevens, el jinete que lo había guiado en los dos primeros éxitos en suelo norteamericano (un allowance y un Grupo 2) y para reemplazarlo se pensó en la amazona Julie Krone, de 1,40m de estatura y 44 kilos. «Cuando Candy Ride terminaba su ejercicio final para la carrera, casi se lleva por delante a un jockey caído en la pista. Pero solito lo esquivó. Julie, que lo había visto entrenar, correr y ganar, dijo ese día que el caballo tenía la agilidad de uno de polo», reveló tiempo después el veterinario Ignacio Pavlovsky, que había sido el nexo en la negociación. «Tiene primera, segunda, tercera y cuarta, pero la cuarta no vas a necesitar usarla», la aconsejó, ocurrente, Stevens a Krone, que logró llevarlo a un nuevo triunfo y darle el gusto a los Craig. Y en tiempo récord para la milla y media de arena de ese hipódromo: 1m59s11/100.

En su montura, Julie se convirtió en la primera mujer jockey del mundo que lograba vencer en una carrera de un millón de dólares. El costo fue pasar un susto en la largada, cuando tropezó. «Es muy atlético y supo resolver él solo la dificultad y ponerse en carrera en un segundo. Es un gran caballo, un misil. Ha sido increíble, alucinante, no puedo medir algo como lo que acaba de suceder, no tengo forma de ponerlo en una escala, me sentí volar, después de esto. ¡¿Qué puedo hacer ahora?! Me han sucedido muchas cosas maravillosas en las carreras, sin embargo esto… ¡Wow! ¿Todo esto ha sido real? Este caballo para mí tiene alas», describió exultante tras el éxito ella, que dos meses después lograría ser la primera dama en festejar en una competencia de la Breeders’ Cup, la serie de clásicos más trascendente del mundo, y se retiraría de la profesión al año siguiente con trece Grupo 1 ganados.

Por: Gustavo Rapetti/gustavorapetticoncordia@hotmail.com

Imagen: CANDY RIDE.

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