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El 1º de enero asume Bolsonaro en Brasilia, rodeado de militares y con chaleco antibalas

Con un despliegue de seguridad nunca antes visto y expectativas de una muchedumbre record, el ultraderechista se prepara a jurar e imponer el gabinete más reaccionario desde la dictadura militar brasileña.

Pairan serias dudas sobre qué país nacerá con Jair Bolsonaro, el capitán retirado que asume la presidencia el primer día de 2019. Por ahora y pese a todo, sigue siendo el país más poblado de América Latina, con la mayor base industrial, retumbante éxito en el campo y una de las diez mayores economías del mundo.

Hay un cierto escepticismo entre políticos veteranos en el Congreso cuando se refieren a cómo serán las relaciones del nuevo presidente con diputados y senadores, y de las cuales depende la viabilidad de su gobierno. 

Por su vez, hay muchos puntos insólitos en tiempos de democracia, a empezar por el número de militares retirados que integrarán el gobierno en diferentes niveles, y también por medidas que serán adoptadas para el día de la ceremonia en que Bolsonaro asumirá el derecho de, por voluntad popular, depositar su cuerpo en el sillón presidencial.

Faltando pocos días para la fiesta, se rumoreaba entre seguidores del capitán retirado que 300 mil personas desbordarían las calles de Brasilia. Los más entusiasmados preveían 500 mil. Sería algo alrededor de dos o tres veces y media la multitud que en el primero de enero de 2002, saludó al entonces presidente Lula da Silva.

En concreto, se informó oficialmente que habrá un despliegue de seguridad sin precedentes en tiempos de democracia: nada menos que doce mil agentes, docenas de tiradores de élite en puntos considerados estratégicos, agentes de seguridad reunidos en pequeños bloques e infiltrados entre la multitud, puntos de revista personal con detectores de metal. Ya se anunció que carteras, bolsos y mochilas no serán permitidos. Tampoco botellas de agua, las de plástico inclusive.

Además, el área que comprende el Congreso, el Palacio del Planalto, el Itamaraty (ministerio de Relaciones Exteriores, que tradicionalmente ofrece un brindis a los invitados del presidente y a miembros del cuerpo diplomático, además del Supremo Tribunal Federal) estará completamente aislada. El bloqueo tendrá ochenta horas de duración. 

Bolsonaro vestirá un chaleco antibalas, y todo el espacio aéreo de Brasilia estará cerrado. Y con un detalle: se van a instalar baterías de misiles y habrá escuadrones de aviones listos para interceptar y derribar cualquier “aeronave en actitud sospechosa”. Toda esa parafernalia será coordinada y comandada por un grupo de 130 militares de la Fuerza Aérea y del Ejército.   

¿Fiesta o guerra? ¿Puro reflejo del grado de militarización de lo que será el gobierno de Bolsonaro? ¿Obsesión surgida a raíz del atentado ocurrido el pasado seis de septiembre, cuando –pese a estar cercado por más de una docena de policías– el entonces candidato Bolsonaro fue acuchillado por un desequilibrado?

De todas formas, ese enredo no será lo único de insólito que ocurrirá en el gobierno que empieza a funcionar al día siguiente.

Nunca antes en la historia Brasil tuvo una ministra –para más exactitud, justamente la que será responsable por la cartera de Mujeres, Familia y Derechos Humanos – que haya visto a Jesús Cristo en un árbol de guayaba. Pastora de una de las sectas evangélicas que respaldaron a Bolsonaro, Damares Alves es una de las más activas dirigentes anti–abortistas en el país y se rehúsa decididamente a aceptar que el aborto sea tratado como cuestión de salud pública (en un país donde las muertes de mujeres por abortos ilegales se suman por decenas de miles a cada año), También asegura que “ciertas fiestas escolares son guerra contra la familia”. A ejemplo de Bolsonaro, no reconoce la existencia de minorías, y asegura que irá defender ‘los derechos humanos de todos, sin diferencias entre mayorías y minorías’. 

Tampoco, al menos en tiempos de democracia, hubo un ministro de Educación que, antes de asumir, ya denunciase de manera enfática el “aparato marxista que conquistó el Estado” y defendiese la expansión de la educación privada como única salida para semejante mal.

Ricardo Vélez Rodríguez, a ejemplo de su colega Damares y de casi todos los integrantes del gobierno entrante, jamás tuvo experiencia alguna en la administración pública. Colombiano instalado en Brasil desde hace más de medio siglo, su mayor mérito fue haber sido profesor en la Escuela de Comando del Estado Mayor del Ejército. Además, claro, de ser admirador incondicional del estilo de vida de Estados Unidos y de Donald Trump.

Y menos aún un futuro ministro de Relaciones Exteriores como Ernesto Araujo, que nunca estuvo al frente de una embajada y asegura, entre otras cosas, que habrá alineación total con Estados Unidos, que Dios estará presente en cada acción del país y que la defensa del aborto es una “trama del marxismo cultural para que no nazcan niños”.

Ah, sí: también es inédito en toda la historia de la República brasileña que un ultra-derechista fundamentalista, defensor de la tortura, racista, homofóbico, misógino y cuyo nivel intelectual hace con que puesta a su lado una hormiga se parezca a dromedario haya llevado al poder por la vía del voto popular. Con chaleco anti-balas y todo. 

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