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Historia del turf argentino: Las apuestas y los politicos

–Por supuesto, los distintos movimientos políticos reaccionaron frente a la creciente popularización del turf. Los conservadores lo apoyaron.

–La élite dirigente del período 1870-1916 creía que el turf servía para mejorar la raza caballar, y por ello debía contar con el apoyo del Estado. La concurrencia del presidente al Gran Premio Nacional era parte de sus tareas oficiales. En esto, los dirigentes argentinos no hacían más que copiar lo que se hacía en otras partes, como Inglaterra y Francia, ya que también allí turf y poder estaban estrechamente asociados. Y también estaba la cuestión del hipódromo como fuerza civilizatoria, como educador de las clases populares. Al hipódromo concurría mucha gente del común, pero estaba dominado por la élite social, que lucía su elegancia y exhibía su superioridad en la tribuna oficial, en los espacios reservados para los socios del Jockey Club, ante la vista de miles de espectadores. El hipódromo fue, en alguna medida, la revista Caras del orden oligárquico. Y personajes como Carlos Pellegrini, que fue presidente de la Nación y también del Jockey Club, tenían muy claro que el hipódromo era importante para realzar el prestigio y la autoridad de las clases altas.

–Pero los socialistas se opusieron.

–Claro, el hipódromo los irritaba porque veían que transmitía el peor mensaje: miles de trabajadores mirando embobados a los ricos, encandilándose con los caballos de los poderosos, y encima pagando la cuenta. Pues el Jockey Club, que explotaba Palermo (lo administró desde 1883) y luego San Isidro (inaugurado en 1935), se quedaba con un porcentaje de las apuestas. Es decir que los lujos de la sociabilidad elitista que se desarrollaba en los salones del Jockey Club los pagaban los hombres de la tribuna popular, de la “perrera”. Para la izquierda, pues, el turf exhibía el peor costado de las clases populares. Desde su punto de vista, los trabajadores que concurrían al hipódromo no sólo eran explotados, sino que, por su incultura política, se dejaban explotar alegremente. Tenían algo de razón, pero al mirar las cosas desde este ángulo dejaban de lado un tema crucial: que el turf era una fuente de placer para muchos espectadores.

–Y la Iglesia mixturaba ambas posiciones…

–La Iglesia Católica también estaba en una posición muy incómoda porque se oponía al juego y por ende al turf, sobre todo si las carreras se realizaban el domingo, el día del Señor. Pero nunca pudo elevar mucho la voz, en parte porque sabía que no tenía manera de ganarle la batalla a una afición tan popular, y en parte porque sus grandes benefactores eran los señores del Jockey Club. Saturnino Unzué, por ejemplo, que fue presidente del Jockey Club y un importante donante de la Iglesia, pagó gran parte de la construcción de la catedral de Mercedes, donde está enterrado, ¡con los premios que obtenían sus caballos en Palermo! Y las familias Alvear y Anchorena, de las que salieron hombres y mujeres muy piadosos, que recibieron honores y títulos vaticanos por sus generosas donaciones, también dieron grandes turfmen, como Diego de Alvear, el dueño de Botafogo, y Joaquín de Anchorena, que fue un figurón del Jockey Club.

–Radicales y peronistas bien merecen una mención aparte, ¿verdad?

–Los radicales, y sobre todo los peronistas, tuvieron una relación problemática con el turf porque el hipódromo estaba bajo el imperio de la élite social, y los gobiernos populares o populistas más de una vez chocaron con este grupo. De hecho, Yrigoyen fue el primer presidente que no fue a Palermo como jefe de Estado. Y Perón comenzó ignorando al Jockey Club y más tarde lo enfrentó abiertamente. En 1953, hizo (o permitió) que sus seguidores lo quemaran, y luego lo expropió. Pero como el peronismo era culturalmente populista, y el hipódromo era una gran afición popular, no cerró las puertas del hipódromo, sino todo lo contrario. Su problema no fue con el turf sino con el Jockey Club, y ello al punto de que la prensa peronista incluso celebraba que, gracias a la mejora del ingreso popular, desde que Perón llegó a la presidencia, más y más y más gente apostaba e iba a Palermo.

*) Este articulo es continuación del de la semana pasada

Son historias de la época de oro del Turf Argentino                                                                                      

Fuente: Gustavo Rapetti/gustavorapetticoncordia@hotmail.com

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