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El polo, deporte de reyes, parece facil pero…

Una cronista de Spot agarró el taco, se calzó los guantes y se subió al caballo. Leé cómo le resultó la experiencia.

Mi caballo se llama Tornado, como el del Zorro. Lo trae hasta la cancha del club La Aguada, Daniel, su petisero. Él se ocupa de cuidarlo y entrenarlo. Según me cuenta Thomas Hume, mi flamante profesor y el Polo Manager del lugar, la conexión entre el petisero y sus animales es fuertísimo: “Él los mira y ya sabe cómo se sienten y si les duele algo”. Daniel lo ve bien a Tornado y me invita a subir. Me dice en chiste que me agarre fuerte por si se pone en dos patas como en la presentación de la serie de TV. Me río y para adentro pienso: “Por favor, no”. Thomas me hace piecito, creo que duda de mi flexibilidad y calcula que no voy a llegar al estribo sola. Acepto la ayuda y me trepo. Para entonces, ya soy toda una polista. Con casco, guante (tipo el de golf) y rodilleras.

Unos minutos antes, Thomas me había enseñado sin Tornado y con un taco corto el half swing y el swing, los golpes básicos. La secuencia sobre el césped tifton del campo de juego de 270 x 150 metros, equivalente a más de dos canchas de fútbol, no me costó. Hay que ver si puedo repetirla sobre el animal.

Ya en el caballo, luego de acariciarlo y pedirle en voz baja que se porte bien conmigo, recibo mi taco con la palma hacia arriba como me indica Thomas. Lo agarro desde el mango, levanto el brazo casi sin esfuerzo y veo rotar la caña hasta que el cigarro (la T invertida del extremo inferior del palo) queda en lo alto. Repaso el recorrido del golpe que habíamos ensayado abajo. El movimiento me sale, pero al principio no toco la bocha. Me hace acordar a mis primeras clases de golf, con mi profesor Omar en el club Cissab, en las que en lugar de golpear la pelotita, erraba y arrancaba pedazos de pasto. Thomas asegura que me falta poco para lograrlo y que lo estoy haciendo ok. “¿Jugás al tenis? Tenés un buen swing”, me dice. Ahí le cuento de mi corta experiencia con las maderas y los hierros.

Una vez que consigo darle a la bocha, que es apenas más grande que la de hockey y, por suerte, más ligera (pesa 120 gramos), Thomas me propone poner a Tornado en acción. Me explica que nunca tengo que soltar las riendas y que, para mantener la estabilidad, debo apretar mis piernas contra el cuerpo del caballo en posición de cuña, como si tuviera que frenar al esquiar. Además, es necesario taconear: presionar con el talón a la altura del vientre del animal para que avance.

Esto último no me entusiasma demasiado. Pienso que Tornado puede estar pasándola mal. Thomas me dice que no, que es normal para él y que no le molesta. Independientemente de eso, tampoco tengo tanta fuerza como para hacerle sentir mi talón. Al final, taconeo despacito y le pido que se mueva. Le charlo, prefiero el diálogo. Al rato, logro que arranque.

Mi primera clase sale al paso, nada de trote ni galope. Y logro pegarle a la pelota en el 20 por ciento o 30 por ciento de los intentos. Thomas celebra cada vez que consigo que el cigarro roce la bocha durante la hora que dura el encuentro. Mientras, hablamos de los caballos: me dice que van a kinesiología, hacen actividades en la pileta y tienen sesiones de acupuntura. También comparte otros detalles, como que las hembras suelen ser mejores que los machos y que ya se recurre a la clonación para repetir la buena racha de algunos animales.

El taco, que al principio parece liviano, con el tiempo empieza a pesar. Y para el cierre se me hace difícil volver a llevarlo hacia arriba. Cuando me bajo, también con ayuda, e intento escribir en mi cuaderno algo de lo que aprendí, lo noto todavía más. La mano me tiembla como en las épocas de facultad después de llenar varias carillas de un parcial. Thomas me dice que necesito clases dos veces por semana durante unos seis meses para participar de un partido amateur. Lo veo complicado. Igual, agradezco la oportunidad y miro el vaso medio lleno: ya me siento un poquito más cerca del Abierto de Palermo.

 Algunos datos

La clase en La Aguada, en Ruta 192, kilómetro 10.5, cuesta 150 dólares.

Para el Abierto de Palermo, que comienza este sábado 4 de noviembre (en Libertador y Dorrego), se consiguen entradas desde $200.

Por más información sobre este deporte, ingresar al sitio web de la Asociación Argentina de Polo: www.aapolo.com

Estos son comentarios, que habitualmente el jugador activo, desconoce, porque en nuestra zona, sin escuelas no existe ese contacto con el interesado desconocido.

Pero ahora que la AAP se esta moviendo, posiblemente se reactive todo y la promoción del deporte prospere.

No es problema de plata, sino de ganas, porque la rotación de gente siempre existe y hay que estar atentos para captarlos.

Por: Gustavo Rapetti/gustavorapetticoncordia@hotmail.com

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